A TRAVÉS DE LAS PALABRAS.

Tengo 20 años, y soy estudiante de Publicidad y Relaciones Públicas en la UAB, Barcelona.

Actualmente, experimentadora nata sobre cómo conectar arte, creatividad, comunicación, publicidad y escritura.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Etiquetas.

Me gusta la cocina de mi casa, de hecho, parece sacada de una esas revistas de interiores. El suelo es de madera, y los muebles, y hasta esa estrecha estantería que queda sobre el tramo final de mármol. Recuerdo cómo de pequeña no podía llegar a ella para darle a mi madre los botes de cristal. Son del tamaño del bote de mermelada, aunque lo que siempre he visto que guardaran ha sido todo tipo de especias. Mi madre, cuando cocina, se retira unos pasos del mármol, alza la vista y recorre con su mirada todas y cada una de las etiquetas que identifican el interior de los doce recipientes. Es la única manera de que no eche tomillo en lo que pretende ser un postre.














Hoy no tenemos orégano en casa. Ayer por la tarde mi mente distraída hizo que ese bote resbalara de mis manos. Cayó en el límite del mármol, como un balancín que se sujeta sobre medio cuerpo. Sólo que en este caso no llegó a sujetarse. Impactó contra el borde y estalló en mil cuchillos de cristal, una gran parte de los cuales superaron rápidamente la distancia hasta el suelo. Uno quedó clavado en mi pie. Fue un dolor insoportable y, tras la visita a urgencias, una noche de pesadillas. Hoy no queda rastro de orégano ni de cristal. Pero la etiqueta que con mis trazos indica el nombre de aquello que se ha perdido sigue ahí, intacta.


(A.M.)

lunes, 20 de septiembre de 2010

Sensaciones.

Es cuestión de sensaciones.


Inconsciente, desaperciba. Una respiración pausada y plenamente tranquila, un aliento algo frío que llega al rostro Unos dedos que han quedado enredados en el pelo, ahora quietos, ya dormidos. Una piel que roza el brazo, una piel suave que roza el brazo. El cuerpo dormido se remueve de tanto en tanto, sobresaltando otro que queda despierto, expectante y observador. Sobresaltado ante un constante contacto.

Observa los ojos cerrados, tiene miedo a que se abran sin previo aviso. El brazo extendido hacia arriba contrae la mano en un impulso, sobre el pelo enredado. El otro cuerpo respira fuerte con la boca entreabierta. Y, como no, la lágrima brota al fin de la laguna de sus ojos.


(A.M.)

martes, 14 de septiembre de 2010

Quiero ser pequeña.


Quiero ser pequeña, víctima de un hechizo maravilloso, no pequeña como un ratón o como la verruga de una bruja, sino pequeña como el alma grandiosa y sincera.
Quiero ser pequeña, para así poder caber en tus brazos, recibir tu cálido abrazo.
Y sólo entonces salir corriendo y obligarte a perseguirme, y jugar a que me escondo donde tú ya sabes que yo estoy.
Y que me cojas con cuidado y quedarme sobre tu hombro, escalar hasta tu oído y hacerte cosquillas con mi pelo.
Y viajar en tu hombro siempre y siempre, y poder así ver miles de amaneceres.
Quiero ser pequeña para que tus dedos delicados agarren mi cintura, y me lleven por siempre más al paraíso donde guardan las sonrisas.

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lunes, 6 de septiembre de 2010

Feria de verano.

Irene sabía que debía hablar, pero no pudo más que esconder el sufrimiento entre palabras que no conseguía ni tan siquiera elaborar en su mente. A menudo imaginaba la vida como una feria de verano o un parque de atracciones, en que durante unas horas los gritos y sonrisas de niños y adolescentes acallaban el sufrimiento de esa parcela del mundo, de sus familias y de sus propios corazones. Le dolía tener tan clara confesión de que todo era una farsa perfectamente montada, donde las piezas de los puzzles encajaban mientras no hacía aire. Pero tarde o temprano se levantaba un temporal. Las piezas de los puzzles hechos bajo el Sol en mesas de jardines y terrazas se perdían para siempre, los feriantes debían cubrir con telas las atracciones. El frío llenaba esa parcela del mundo. Las puertas y ventanas golpeaban, la gente gritaba para hacerse oír.

A algunos kilómetros de la mente de Irene, un niño de escasos seis años se había perdido en un centro comercial. Se trataba de un niño delgado y reservado, de piel medianamente blanca y un bonito pelo moreno. Los ojos grandes, despiertos; la boca, nariz y manos, pequeñas.
Su rostro había quedado entristecido, pero se negó a dejar caer una sola lágrima. Hizo el camino contrario al que sabía que debía hacer, y se dirigió con pasos lentos hacia la puerta de salida del centro comercial. Una vez en la calle, se sentó en el suelo a esperar.

Cuando con la caída de la noche y las tiendas a punto de cerrar, sus padres lograron encontrarlo, en sus rostros no hubo sonrisas de alivio ni alegría, ni abrazos ni palabras. Sólo un “venga, volvemos a casa” por parte de ambos adultos. De la misma manera, el niño de seis años no pronunció palabra alguna ni mostró experimentar ninguna emoción hasta prácticamente tres horas después del suceso. Entonces, lo único que dijo antes de dirigirse hacia su cama fue un “¿Estáis enfadados conmigo?”
 
Ni caricias, ni abrazos...
Quiero estar contigo...

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domingo, 5 de septiembre de 2010

Fantasía.


La niña, hoy, toma conciencia de su cuerpo. Sus piernas suaves, sus manos delicadas, sus finas curvas; delatando que no es tan niña como quiere ser. La niña, hoy, tumbada sobre las sábanas de la cama. Su cabeza a los pies y sus pies, tras unas piernas dobladas en uve invertida, centímetros más abajo de la almohada. El abismo a su izquierda. Observa la mano derecha, lentamente, girando su muñeca, formando un puño frágil e inocente, separando de nuevo los dedos hasta perder de vista sus uñas; gira de nuevo la muñeca, ahí están. Roza apenas la pared blanca que acaba con la anchura de la cama. Es esa sensación suave, ligeramente rugosa. Entonces acaricia sus piernas, de nuevo esa sensación suave, ligeramente nerviosa. El vello de sus brazos erizado, los ojos cerrados. Bajo la ropa, la respiración muy lenta marca sus costillas en cada movimiento. Sus pies pequeños, inmóviles junto a la almohada. El pelo retirado de debajo de sus hombros, a continuación del cuerpo estirado, en el límite del colchón. Sus brazos se mueven lentos, acarician el pelo todavía húmedo y se posan sobre su vientre, meciéndolo al compás de su respiración. En el radiocasete que hay sobre la mesa, la lenta canción ahora repite “cruzando a tu balcón cada madrugada”.


(A.M.)

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Pasión.

El amor eleva las alas
de todo ángel prisionero.


En su solitario paseo nocturno había alcanzado, con pasos vagos, lentos… la gran fuente del paseo que dividía, impecable, el pequeño pueblo en dos. No había sido consciente en todo aquel recorrido de cuánto se estaba alejando de casa. La robusta puerta de madera, que dejaba atrás aquel modesto hogar en la última planta de un bloque de cinco pisos, había sido cerrada inconscientemente por una mano lenta, ausente. Empujar el pomo hacia el marco, introducir la llave y darle dos vueltas. Lo había hecho cientos de veces en los últimos siete años, pero a menudo volvía preocupado al principio de la noche imaginando que la cerradura había sido asegurada con una única vuelta de llave. Entonces, dejando correr la melancolía por su joven alma, observaba las estrellas apoyado en la barandilla del balcón delantero, aquel que conectaba con el comedor. Amaba la noche, en compañía o, casi siempre, en soledad.

Era quince de Agosto. Bueno, no exactamente. A esas horas el sábado ya llevaba dos horas de vuelo. En esos momentos, no quería pensar en el peligro que corría su integridad física al haber de cruzar de nuevo dos kilómetros y medio de aceras, campos y callejones de camino a aquel bloque de pisos. No acostumbraba a salir tan tarde, pero aquella noche no se encontraba bien. El termómetro de la farmacia que hacía esquina en la plaza del ayuntamiento parecía haberse quedado a descansar en los treinta y dos grados de temperatura. Aún y así, estando aún al otro lado de su ventana, había sufrido un tremendo escalofrío. Había sido extrañamente breve. El vello de su cuerpo erizado, dolor de barriga. Después, frío intenso durante unos minutos. Y un último y escueto escalofrío de desesperante calor.

Frente a la fuente, abatido, metió las manos en los bolsillos de su pantalón tejano, largo. Sus ligeros dedos reconocieron en el interior el billete de autobús de aquella mañana, un paquete de pañuelos bastante destartalo, un móvil sin batería y algunas monedas de céntimo. En aquel pueblo pocos eran los que creían en algo más profundo que el puro vandalismo, y aquella fuente contenía todo tipo de desechos. Pero ni una sola moneda. Él, tal vez romántico y soñador, lanzó las tres primeras monedas a aquel agua turbia. Lentamente, una tras otra, elaborando en sus adentros un callado deseo, repitiéndolo una primera, segunda y tercera vez.


 Amaba las novelas italianas, los candados de amor sellando puentes, las fuentes repletas de diminutos destellos en su fondo, las caras motos trucadas llevando a apasionadas parejas de adolescentes de un lado a otro de la ciudad. Amaba la ropa ligeramente manchada de hierba y las manos entrelazadas, las vendas que cubrían los ojos para dar sorpresas y las miradas con propia voz. Todas esas imágenes iban dentro de cada moneda abandonada en aquella agua estancada.

Girando sobre sí mismo para volver, al fin, sobre sus pasos, lo último que vio fue la chispa de una estrella reflejada en aquella fuente dónde, en apenas un segundo, sus ojos creyeron ver miles monedas guardianas de los sueños más profundos de las vidas más intensas.