A TRAVÉS DE LAS PALABRAS.

Tengo 20 años, y soy estudiante de Publicidad y Relaciones Públicas en la UAB, Barcelona.

Actualmente, experimentadora nata sobre cómo conectar arte, creatividad, comunicación, publicidad y escritura.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Dime si tienes ganas de mi.

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"Dime si la convicción de que la fuerza de amar no muere con la juventud es cierta.

En el mundo sensible, los conceptos son cambiantes y nuestras imágenes, subjetivas. El mundo de las ideas no me interesa, allí hace frío y para cubrirme sólo llevo mi piel.
Así, la idea de belleza ha de contentar a nuestros cinco sentidos.

Ha de ser agradable de ver, de olor atrayente, sabor dulce, de sonido que acaricie y tacto que nos haga estremecer.

Bien, pues a mi me faltan tres sentidos. ¿Qué donde han quedado?
Probablemente mucho más lejos de lo que mi estropeada vista me permite ver.
Seguro que más allá del susurro que mi oído puede detectar."
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Y dime, ¿tienes ganas de mi?

sábado, 9 de octubre de 2010

:)



Al norte de la isla algún fruto, no demasiado grande, cayó al suelo y removió el grupo de cuatro enormes hojas que levantaban medio metro del suelo. El árbol que se cernía sobre ellas dejaba pasar apenas triángulos de Sol, de manera que éstas aparecían dibujadas con sombras que un loco bien se pararía a interpretar.
Un poco más allá, hacia el sur, un animal salió huyendo ante el ruido de pisadas en otoño, que sin embargo fue producido por la caída de una rama alta. Se perdió entre los troncos, ágil, en dirección a la playa.

Una isla desierta; era lo que le faltaba. Había salido con su barco a buscar inspiración en alta mar. Llevaba años viviendo de sus lienzos, pero las obras eróticas habían dejado de ser una novedad en el mercado. Necesitaba algo nuevo, y las olas se lo darían.
Para lograrlo quiso alejarse demasiado del ruido, del puerto y de todas esas cámaras de fotos retratando a parejas bajo una gaviota, y así acabó haciendo sus bocetos a la sombra de un candil. Entonces él, navegante aficionado, perdió la orientación.
Cuando retomó la conciencia ya estaba allí, boca abajo en la orilla de una isla de silencio curioso, girándose bruscamente en un primer momento para localizar su barco. Pero éste no se encontraba al alcance de su vista.

A partir de ese momento el joven náufrago se abandonó al mundo de sus pensamientos, aquel que le parecía mucho más cierto y verdadero que la pesadilla de un aparente naufragio.
Recordó, como si aquel paisaje virgen hubiera liberado las partes bloqueadas y escondidas de su memoria, decenas de rostros que habían pasado por su vida años atrás. Recordó viejas afinidades, ojos con lo que apenas cruzó unas pocas palabras y que ahora se arrepentía de no haber perseguido para poder verlos de nuevo. Recordó también a aquellas sombras que había atesorado durante largas etapas y que ahora sin embargo había obligado a conformarse con un lugar en el estante superior. Aunque las cajas con polvo siempre va bien bajarlas de vez en cuando para pasarles un trapo por encima, pensó.
Y, así, el joven pintor quiso seguir dando voz a su cabeza. Pensó en su chica y en el abrazo que le daría al regresar, e incluso se aventuró a soñar con cómo serían sus hijos. Probó de calcular cuanto tiempo estaría allí, si sería salvado a tiempo para las vacaciones de verano. Lo tenían todo ya planeado: ellos dos, solos, visitando las románticas islas griegas. Además, dentro de dos semanas presentaba una exposición de cuadros que preveía ser visitada por personas de toda la península, aunque para llegar a ese momento debía pasar por las previas noches de café y pincel en mano para acabar así todos los lienzos.

De esta forma, una nueva noche cayó sobre la playa, llevando con ella el agotamiento que hizo al náufrago cerrar los ojos sin otra posible elección. Así, quedó dormido, en el mismo lugar en que le había abandonado la marea, frío y con la ropa húmeda pegada a su cuerpo, con las olas de la noche rompiendo a escasos centímetros de sus pies.


(A.M.)

viernes, 1 de octubre de 2010

Calma, ¿y dolor?

Algunas noches, incapaz de evitarlo, la muerde la melancolía; la soledad. Las velas de su santuario consumen los cirios de plastilina ardiente, impasibles, acercándose en el transcurso de las horas a su final y, por consecuencia, a su muerte. Tras las cortinas ya no queda luz. Hace tiempo que los niños de la calle fueron llamados desde las ventanas a cenar.

Los bellos recuerdos se apagan. La melancolía, único presente; ese monstruo no frenado en el camino de aproximación, en sus pasos presurosos hacia aquel norte, ahora, ya más tarde, imposible de detener. Se alimenta de ilusiones y de llamas de luz, ama sobretodo las sonrisas decaídas. Un acertado beso suyo inicia la historia de una existencia gris. Pero evitando sus labios de carne muerta se alcanza la salvación tras la innegociable noche de condena.

El caso es que en esta velada una escritora se debate en las tinieblas del cansancio espiritual. ¿Su alma se encuentra en calma? Sí, tal vez sólo más lenta de reflejos de lo habitual. Se siente sola, de vez en cuando toda manta desaparece de su salón, y esta noche siente frío en su interior. Extraña la pluma que antes manejaba entre sus dedos, olvidada ahora al fondo de un cajón. No escribe. Piensa. Piensa en un hombre que esta noche no la quiere, que esta noche la ha olvidado, a ella, con la manta invisible sentada frente al fuego de su salón. Sólo dos versos pronunciados por sus labios secos, sedientos de amor. Antes de desplomarse en la alfombra moteada de fuego.

"Pronto.
O me quedaré sin voz."