A TRAVÉS DE LAS PALABRAS.

Tengo 20 años, y soy estudiante de Publicidad y Relaciones Públicas en la UAB, Barcelona.

Actualmente, experimentadora nata sobre cómo conectar arte, creatividad, comunicación, publicidad y escritura.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Direcciones

Me mintieron. Me enseñaron que en la vida hay cosas que están bien y cosas que están mal, y que debemos aprender a unir el hecho con su valor. Correcto e incorrecto, correcto e incorrecto, bueno y malo.
No me hablaron de estas situaciones en las que estoy subida a un escenario ante un auditorio vacío; no hay más que un muro en el que voy a estamparme. Y lo peor de todo es que ni siquiera va a suceder rápido, que ni siquiera voy a poder disfrutar del riesgo que comporta la velocidad. He de ver cómo me acerco a él a paso lento, caminando por una recta en la que no entiendo porque no me dejan retroceder. Me cogen por los hombros, desde detrás, y me obligan a seguir andando hacia el muro. ¡Con la de millones de direcciones que existen!


(¡Cállate!)
(Eres ridícula, ¿no te das cuenta? Tan empeñada en rescatar algo que se encuentra ya tan manido. Deja de quejarte y de elaborar grandilocuentes sermones. Deja de hacerte la víctima: sé que te ríes a escondidas en el refugio de tu habitación. Así que cállate.)

sábado, 24 de diciembre de 2011

SOMOS INMORTALES

SOMOS INMORTALES.
Apenas hemos cumplido los veinte años de edad, y el tiempo todavía juega a nuestro favor. Un coche a ciento ochenta en una recta nocturna, un grito de locura en una discoteca, una carrera a ciegas sorteando peatones de cualquier ciudad, huyendo de la luz o persiguiendo a un amigo que, a las seis de la tarde de esta estúpida navidad, ya ha bebido media botella de vodka.

Despierto en mi cama a las cuatro y media de la tarde, con los labios cansados de tantos besos que ni recuerdo haber dado, pero que seguro que regalé en la puerta de cualquier retrete. El olor a humo aún persiste en mi pelo, y los mismos tejanos nuevos de anoche aparecen sucios y arrugados si levanto la única parte de sábana que no arrastra por el suelo. Apestamos, pero una ducha siempre limpia por fuera y por dentro.

Bajar una cuesta rodando por el suelo blando, arrancando pedazos de hierba corta y húmeda por el vaho que sueltan nuestros alientos. Manchar la ropa de frío, sudor y tierra. Besar hasta cansarnos, llegar incluso a algo más, saciar nuestros instintos y sentirnos en una vorágine de locura constante. Rodearse de gente, rodearse de carne, tirarse al suelo como si por un casual nos flaquearan las fuerzas, reír, empujar y abrazar. Pedir que suban el volumen de la música, huir de los miedos con nuestro mejor sprint, que así las lágrimas vuelen tras nosotros y perder la madrugada haciendo girar un botellín. Ver la vida pasar a través de la ventanilla de un viejo autobús ruidoso, llevando de compañía un par de bolsas del alcohol más barato. Y burlarnos de esa luna tan llena.
Que cada respiro sea un grito de éxtasis en un mundo al que no pertenecemos.

(A.M.)

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Parte I

Llevaba seis canicas en cada bolsillo. Eran amarillas y verdes, con rayas horizontales al estilo de las cebras, aunque él siempre defendió que, puestos a comparar con animales, esas canicas eran cocodrilos. Las llevó toda su infancia ahí, en el bolsillo de sus pantalones favoritos, unos de color caqui y de forro interior suave. Un jueves, en el parque, corría tras su mejor amigo con la sonrisa pintada en la cara. Fue en pleno salto alegre que la tela de los bolsillos cedió y las canicas se perdieron tras él, señalándole el camino de vuelta a casa.


Hacía al menos treinta años de eso.

Estaba recogiendo ropa sucia del suelo cuando, sin previo aviso, tal recuerdo impactó en su mente. A sus casi cuarenta años, podía decirse que se trataba de un soltero empedernido, de un amante ocasional, de un tío que había sabido montarse bien la vida o, simplemente, de un cara dura.
Vivía con escasas preocupaciones: sin familia que mantener, sin amigos a los que dar explicaciones y con una modesta jornada laboral de ocho horas. De esta forma, en su contrato figuraba que le pagaban por el esfuerzo y la implicación dedicados entre las 8:00am y las 16:00pm, de lunes a viernes. Un horario que, sin embargo, acortaba día sí y día también pidiéndole a algún compañero que fichara por él.
Ay, los compañeros… estaban ahí para eso, para entablar conversaciones que variaban ligeramente con las estaciones del año, para quejarse con ellos sobre el frío o sobre el calor, sobre cómo quema el café y sobre lo mal que está el país que ni azúcar pone la máquina; para pedir prestada una carpeta de esas verdes que Carlos guardaba en el primer cajón de su mesa de trabajo, o para lanzar cómodamente repantigado en la silla, de vez en cuando, algún clip de oficina de esos de metal gris.

Lo cierto es que, a diferencia de Carlos, él era un tío listo, y sabía prometer y convencer como es debido. Podría haberle hecho creer a un perro que en realidad debía comportarse como un gato sin que ello le hubiera supuesto ningún tipo de problema.

Tenía todo el tiempo del mundo para él (y, en un principio, también para su piso). Su casa estaba repleta de cosas por hacer y que, como mucho, llegaba a clasificar como “pendientes de terminar”. Aquella misma mañana, por ejemplo.

(A.M.)

martes, 20 de diciembre de 2011

Y si se rompe el silencio

Dio una patada a un pequeño grumo de tierra. Alex iba andando con las manos en los bolsillos por un camino olvidado, de esos en los que el Sol del atardecer acaricia las huellas de pisadas invisibles. Llevaba una chaqueta gruesa abrochada hasta el último botón, una bufanda enrollada cuatro veces alrededor de su largo cuello y unas botas altas que tapaban sus tejanos rotos; hasta la rodilla.
Andando a paso lento, con esas manos protegidas tras el forro del abrigo, empezaba a tararear canciones que se sabía de memoria. El sol del invierno hacia algunas horas que había decidido esconderse. En la oscuridad y en el silencio, podía oír todas las segundas y terceras melodías que arropaban a la voz principal en las canciones de la radio: esta vez, fluían de su garganta, y se preguntó si desde fuera de ella misma producirían igualmente esa sensación de escalofrío.



Alex bajó la barbilla para zambullirse de lleno en su bufanda. Empezó a expirar dentro de ella, comprobando con alivio cómo se creaba una atmosfera caliente que iba de boca a nariz. Sacó la cabeza, y reabrió los ojos. Miró al cielo, y esta vez expiró hacia él: el halo frío escapaba de su interior con la ligereza de una pluma. El tenue brillo de una primera estrella impactó en su ojo derecho, tal y como lo haría el reflejo atrapado entre una lupa y la luz diurna.
Pasó las yemas de los dedos por la corteza de un arce anciano. Llevaba allí desde la primera vez que había recorrido el sendero, y recordaba que eso había sido hacía ya miles de años. Es curioso, pensó, la manera en cómo los recuerdos de los humanos se retuercen en el tiempo hasta coincidir, exactamente, con las formas abstractas de unas ramas como aquellas. Estando sumida en esto, apenas apreció que había empezado a acariciar con la palma completa de la mano la coraza del árbol, y no se supo en qué momento una astilla afilada pinchaba en el centro el dedo corazón de Alex, hacía su acrobacia perfecta en el aire y caía, invisible, a sus pies.
Reaccionando con un par de segundos de retraso, ella giró con calma la mano, examinó su superficie y deslizó la mirada hasta el lugar exacto del pinchazo. Vio una pequeña mota de sangre marrón y sucia en el centro de su dedo corazón.


Se sentó a la sombra del árbol, para que la luna, que ya salía, no tuviera oportunidad de mirarla directamente a los ojos. Se quitó la bandolera de tela que llevaba cruzada sobre el hombro izquierdo y rebuscó en ella; estrecha primero, ensanchándose luego, de colores rojo oscuro y malva.
Dejó su teléfono móvil sobre la tierra. Su reproductor de música también: no quería escuchar nada; un paquete de pañuelos, un lápiz y una libreta, todo ello sobre aquella tierra árida. Al fin: la lata de cerveza. Alex abrió la lata con la habilidad de aquellos que utilizan vidas enteras para aprender un único gesto, y se la bebió en tres pausados tragos. Tenía la espalda apoyada en el tronco y, poco a poco, perdía la percepción del contacto con éste. El líquido entraba en su cuerpo como si se tratara de agua.
Un brillo malva cruzó sus ojos y, en un instante, su rostro calmado se torció en un gesto de maldad. Lanzó la lata lo más lejos que le fue posible y, escasos metros más allá, la lata rebotó en la tierra con un grito de dolor.

Alex recuperó la bandolera, que había apartado con los pies para acomodarse bajo el árbol. Sus cosas seguían tiradas alrededor. Buscó con furia en el interior del pedazo de tela vacía, y pronto su mano quedó enredada. Al luchar por sacarla acabó por descoser uno de los laterales; mierda, se había olvidado el cacao en casa. Y tenía los labios cortados por el frío.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Pluma dorada.

Quizá todavía sea posible construir una historia con los miles de relatos, pequeños retales, que cayeron en espiral hasta el fondo de la ria. Quizá aún sea posible…
Cogió su pluma dorada, de tinta negra, y dejó que la música y el agua corrieran por su mente. Era uno de esos escasos momentos en que presionaba a su racionalidad y a su emoción para que se dieran la mano.

Se entretenía anudando el pañuelo alrededor del cuello de ella. Una operación lenta y minuciosa, y sus ojos puestos en la concentración de él; sus ojos, brillando. Le brillaba el alma de todo ese calor, de todas esas caricias secretas, de todos esos abrazos que da miedo quebrar con un simple suspiro. Alguien le había hablado del ideal estoico, del no buscar la felicidad para no toparse de bruces con la tristeza. Si bien es cierto que ella quería vivir, y que, una vez descubierta la vida, se hacía difícil renunciar.
Podía levantar la mirada y ver, podía tumbarse y dejarse recorrer. En un primer momento le gustaba mantener los ojos muy muy abiertos para asegurarse de que la realidad no se desvanecía delante de sus narices. Conforme pasaban las horas, no importaba si los ojos se cerraban: era algo que sabía, algo que sentía. Sentirse arropada se volvía algo maravilloso, ya no era su propio abrazo frío el que la mecía todas las noches.


Se moría de hambre. Mientras, la música no dejaba de sonar...

jueves, 15 de septiembre de 2011

Posos de una mujer

Pocos en este café serían capaces de sostenerle la mirada a la mujer firme y de ojos grandes sentada frente a la ventana, en una de esas pequeñas mesas cuadradas donde los interlocutores se observan de cerca. Sin embargo, la suya es una velada individual.
El juego de luces del lugar, proporcionado por ocasionales lámparas colgantes de luz tenue y amarilla, le confieren un aspecto de dama misteriosa; quizá, de mujer huída de otra época.

Los finos dedos de sus manos juguetean con el pie de una copa de fino cristal. No muy lejos, aquel hombre de la barra queda atrapado en una danza hipnótica de uñas rojas y largamente cuidadas.
Ella toma la copa y la acerca a sus labios color carmín. La sujeta ahí un momento antes de decidirse a vaciarla del espeso vino añejo hasta algo menos de la mitad. Devuelve lentamente la copa hasta su lugar frente a ella mientras, lentamente, saborea su triunfo.
Al terminar, su bello rostro se tuerce en un rápido gesto de labios tensos y entrecejo ligeramente fruncido.

Mujer caprichosa donde las haya, su juego consiste en exprimir a los hombres hasta que ellos no pueden ofrecerle nada más. Se exhibe, sonríe y juega con los juegos de palabras con una habilidad sorprendente. Ha entrado en el café acompañada de decenas de levantar de miradas de hombres solitarios; al instante, les ha devuelto a su silencio con una única llamarada directa a sus ojos.
Y ahora se levanta, separándose de la oscuridad de su mesa y dejándose ver. Un par de sombras al fondo, ocultas, se agitan nerviosas ante el rojo de sus tacones y ante la delicadeza de sus piernas. Ella levanta la cabeza y ellos la bajan de nuevo.
La mujer atraviesa la puerta del café acompañada sólo por los tristes violines del hilo musical. Así, se dirige hacia una calle empedrada y sumida en la humedad de la noche, donde de vez en cuando un coche con prisas rompe la quietud.

(A.M.)

domingo, 28 de agosto de 2011

ABC

La mirada perdida. La mirada fija en un punto de fuga. Como vestido, un silencio denso y quebradizo. Movimientos mecánicos: abrir una puerta; sentarse.

Edificios de mil pisos se perfilan sobre las nubes, claras en un punto, de desgarradora tormenta en otro. Entre las tinieblas, entre dos masas grises, un espacio abierto propio del atardecer de un verano. El cielo se mueve más rápido que nuestro coche, pero justo al ritmo de la música de mi mp4. El mundo anda, con prisas, con tropiezos, con descuidos, con miedo, con descaro. Los mil pisos siguen perfilados, ahora son rojos, ahora no tienen más que el gris del cemento.
Fuera de la burbuja de los pájaros, las nubes y la música, el abrupto silencio hiere los oídos. Ahora soy yo quien camina por la calle, con curiosidad, con intriga, con inseguridad y con baja autoestima. Mil ojos me miran y ninguno me ve. Primero el pie derecho, luego el izquierdo, primero el derecho, luego el izquierdo, primero el dere… Es sumamente lento; y silencio. Música en mi cerebro. Curiosidad en mi mirada esquiva y viajera.




Los minutos avanzan porqué sé que hay alguien empujándolos. Nos adelantan, nos gritan; los niños echan a correr en línea recta. Luces de feria y olor a dulces y a gente contenta. De vez en cuando se ve pasar una sombra, algún que otro ser extravagante que se arrastra a través de los puntos muertos de los focos.


El gris del cielo cae sobre las aceras, y unos corren, y pocos llevan paraguas, y yo abro los brazos y tiro el cuello hacia atrás y mi boca una sonrisa. “Soy la reina del mundo, la princesa sin reino, el ser sin sombra, la identidad sin nombre”. La sonrisa en mi boca. Giro sobre mí misma y ahora mismo sólo existo yo. La oscuridad, la noche, la lluvia y sus sigilosos sonidos.

De vuelta a casa la realidad vuelve a hacerse densa; lenta.

sábado, 20 de agosto de 2011

Derrotada

Para tener 18 años me siento bastante ridícula. Con mi bata azul regalada años a y que aún me viene considerablemente holgada, mi error de gafas negras y blancas de pasta y mi pelo recogido en una coleta que, a medida que avanzan las horas, va dejando de ser alta.
Sentada, todo el día sentada frente al ordenador. Perdiendo el tiempo, abriendo y cerrando páginas sin tan siquiera prestarles demasiada atención; leyendo libros que a las pocas semanas de acabar olvidaré y escribiendo, cada vez más de vez en cuando, cosas que probablemente nunca sirvan para nada. Definitivamente, soy buena en tantas cosas que no soy buena en nada.
Meto la cabeza en un agujero bajo tierra; llámame cobarde, pero estoy cansada de “vivir”. Al fin y al cabo, puede que la sociedad esté montada de tal forma que las personas tengamos una única opción: atarnos. Atarnos a cuatro paredes que nos conocen de memoria, a una pareja por la que el amor se va diluyendo imperceptiblemente y a un trabajo que nos asfixia y a duras penas deja tiempo para comer y dormir. ¿Ya, tan joven, me he resignado?

Tengo conocidas que proclaman que el objetivo de sus vidas es encontrar al hombre de sus sueños (al menos, uno que se le parezca), y comprar una casa con jardín en la que apalancarse. Una vez allí podrán preocuparse por el diseño de las cortinas, de los muebles y de las sábanas y los cojines; y probablemente, acabar por comprar un perro. Después, por supuesto, empezarán a venir los niños. Con los años irán conformando una familia con trabajos fijos y horarios cíclicos, los hijos se independizarán y ellos finalizarán su paso por esta vida con una tranquila vejez de leer periódicos en el jardín.

Eso es todo.

¡Qué estupidez! ¿Dónde hay tiempo para la vida, para la improvisación? Para sentir… para sentir algo de verdad.
Mis sueños pasan por algo mucho más dinámico. Estar a temporadas y en condición de alquiler, sin demasiado tiempo ni ganas de crearme un refugio de cuadros, lámparas y miles de detalles. Estar siempre de paso y con los recuerdos a cuestas. Tener un trabajo que pueda hacer cambiando de país, que tenga una rutina (desgraciadamente necesaria) limitada, que parta de la creatividad.
Y más que en el amor, pienso en tener compañía; los sentimientos más fuertes duran unos meses y son seguidos por años de un hastío de convivencia. Quiero compañías, personas que merezcan la pena y que tengan tiempo para hablar y para escuchar. Personas que se trasladen conmigo, o que no. Pero que siempre, por favor, haya alguien que pueda darme un abrazo, y que pueda sacarme de casa y mostrarme de nuevo las diferentes fases del día; precisamente, bajo el día.

Pero, últimamente, un últimamente que ya viene siendo demasiado largo, me veo sin fuerzas para luchar por nada. Desisto incluso de las tareas más fáciles; no merece la pena, me digo. Me veo sola, triste, completamente apagada y siendo empujada sin resistirme hacia esas miles de vidas idénticas que no quiero. Por la ventana veo a niños jugando entre ellos y en la televisión veo miles de jóvenes saltando en un concierto. Pero nada de eso es para mí porqué requiere demasiado esfuerzo, demasiadas conversaciones y demasiadas horas investigando cómo funciona el mundo. Mejor me quedo sentada delante del ordenador; viendo como me muero.

jueves, 18 de agosto de 2011

(Llámame cobarde)

Carla me sonrie y me regala
con solo una mirada un momento de luz.
Carla juega con su risa
pinta un paraiso donde quieras tu
y fantasea
con cielos de colores,
de mil sabores,
con calles de imaginación,
millones de besos que esconden su corazón.

No sabe que la vida es una apuesta
y todo lo que cuesta
ser feliz.
Carla vive entre dos mundos
y en el más profundo
es una emperatriz.
Y es tan bonita,
baila con los sueños,
patina con la vida,
se alimenta de pasión.
Y vive en un cuento
como dice esta canción.

Y cambiará,
cuando la vida pase por delante
y no la lleve a ninguna parte.
Ella cambiará,
ella cambiará...

Carla, puedo sentir ya tu voz,
casi eres una mujer,
haces de tu vida poesía.
Carla, guarda sus secretos de amor
en un corazón de cristal
dame un ticket de tu fantasía.

La vida la estará esperando
tras esa puerta de papel.
Ahora debe ser más fuerte
y serás mañana,
una mujer enamorada
de las cosas que dices, de las cosas que callas,
y no olvides el pasado,
que yo estuve en ese cuento
y aún no me he olvidado.

Y nacerá,
la estrella que le de el camino
y le marque algún destino.
Ella nacerá
ella nacerá...

Carla, puedo sentir ya tu voz,
casi eres una mujer,
haces de tu vida poesía.
Carla, guarda sus secretos de amor
en un corazón de cristal
dame un ticket de tu fantasía.

Carla, puedo sentir ya tu voz,
casi eres una mujer,
haces de tu vida poesía.
Carla, guarda sus secretos de amor
en un corazón de cristal
dame un ticket de tu fantasía.

miércoles, 10 de agosto de 2011

La coraza.

¡Como los putos conejos! Un par de hormonas segregadas a modo de reconocimiento y listo. Somos de la misma especie, sexo opuesto, vamos a satisfacer nuestros impulsos más básicos, ¿por qué no? Así yo también sé jugar, ¡por supuesto! ¿Para qué queremos tanta parte racional, tantas películas románticas y tanta charla?
Sólo para lanzarnos como caballos desbocados ante la perspectiva de una noche entretenida.

(...)

- ¡Entrégame tu cuerpo, estúpida mortal!
- ¿Por qué debería hacerlo?
La guadaña se balanceaba peligrosamente en su mano izquierda, sujeta apenas por unos delgados huesos que crujían con cada leve movimiento.
Entonces dio un par de pasos hacia mí, y yo, clavada al suelo por unas fuerzas invisibles, dirigí mi mirada a sus pies. Unos relucientes mocasines negros destacaban en aquella figura que, al darse cuenta de mi escrutinio, volvió a guardar un número cuarenta y dos bajo su densa túnica. Habría jurado que, en cada paso, ese imponente ser estaba al borde de un cómico tropiezo.
- ¿No dices que no lo quieres, que sólo es un engorro? No paras de quejarte de que ya no sabes donde sentar toda esa carne. – Con un brusco movimiento del brazo derecho me mostró su dedo índice, apuntándome amenazadoramente. Ello provocó todo una serie de ruidos de tela pesada removiéndose, acompañados con lo que podría haber sido el gruñido de un animal salvaje.
Estábamos tan cerca uno del otro que el borde de su manga rozó mi tórax. La túnica, al contacto, era áspera, negra como la noche cerrada.

Miré de reojo el fino amasijo de huesos de color cenizo con el que estaba siendo amenazada. Aún y la evidente situación de peligro en la que me encontraba, mi mente evocó un recuerdo de la infancia en el que había visto unos dedos que se le parecían. Por aquel entonces yo me encontraba con mi padre en el gran pabellón de la ciudad, donde esa noche cientos de personas disfrutaban de los acordes de una pianista australiana. Era increíble la manera como conseguía elaborar melodías a partir de aquel instrumento de madera y cuerdas situado, solitario, en el centro de todo y de todos. Recuerdo cómo muchos de los asistentes cerraron los ojos a los pocos minutos de comenzar y no volvieron a abrirlos hasta que los altavoces anunciaron la media parte. En mi caso, recuerdo que fui incapaz de desviar la mirada. Los dedos largos y delgados de la pianista se movían con increíble agilidad sobre las teclas bicolor, y daba la sensación de que pudieran fracturarse en cualquier momento con un leve “crac”.
- Es cierto pero, si te lo doy, ¿yo muero?
- Morir, morir… ¡todos preguntáis lo mismo! ¿Más moribunda que ahora? Venga ya, no me hagas reír. – dijo, mientras mostraba sus mandíbulas sin dientes. En una fracción de segundo, me pareció ver un destello rojo cruzando sus… ¿ojos? – Qué tienes, 18 años, ¿verdad? ¿Podrías decirme para qué lo has utilizado en todo este tiempo?
- Eso no es cierto…

- ¿Que no es cierto? A ti misma puedes engañarte, pero a los demás no. ¿Cuándo le has permitido rozar los placeres físicos? ¿Has saltado en un concierto, has utilizado la velocidad de tus todavía jóvenes piernas para viajar bien lejos? ¿No es acaso cierto que es él quién le pone obstáculos a tus sueños?
- Tal vez sí…
- Exacto.
- Ya… Por otra parte, estoy harta de tener que darle de comer, asearlo y dejarle sus horas de descanso de manera regular. No hace más que lamentarse del frío o del calor, que reclamar sus necesidades fisiológicas, que moverse destartalado y con movimientos cansados... No se trata en absoluto de un cuerpo joven. – dije, pensativa. - Además, es la imagen que irremediablemente ligan a mi nombre, con lo que hay que mantenerlo presentable. Eso supone toda una pérdida de tiempo en aderezarlo y otorgarle un aspecto que pueda identificarse mínimamente conmigo Es como una estúpida coraza que no deseo llevar.
- Y yo, ahora, te ofrezco la posibilidad de librarte de ella – dijo, transformando el dedo amenazador en un ademán de toda la mano derecha que denotaba aburrimiento.
- Suponiendo que acepto; sin ella, ¿en qué me convierto?
- Desgraciadamente, los humanos sólo recuerdan aquello que se cruza ante sus ojos de manera repetitiva. Por contrapartida, abandonar la carne (y los huesos) te permite llegar tan lejos como quieras. Libre de necesidades tribales como son el oxígeno o el alimento, y de factores como el envejecimiento de todo el aparato, puedes trasladarte al fondo del océano, subir a lo alto de montañas impensables o presenciar la vida animal, vegetal y humana en los cinco continentes. – tales aspectos fascinantes que comportaba el cambio radical de la existencia parecían superfluos en boca de ese ser. – Puedes pasar meses, incluso años, deleitándote y disfrutando con todo lo que puedes llegar a ver. Has de saber, eso sí, que sentimientos como la soledad o la tristeza acaban apareciendo. Y que has de abandonar completamente el concepto de “sentir” tal y como lo contemplan los humanos.
- Todo esto último no me importa.
- ¿Empezamos, pues?

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jueves, 21 de julio de 2011

Cero.

Y lloré lágrimas de hielo. El corazón abierto, vacío. La barriga devorándose ella misma de tanta hambre. Ni un solo copo de ilusión en el aire.

La mente en blanco, conjeturando quizá un sinfín de palabras hirientes. El puñal en el pecho, donde no duele. La nada; un precipicio. El llanto del bebé ensordeciendo a lo lejos.

El silencio dentro de mí. El no decir, el no sentir en absoluto. El haberse muerto la raíz del diente.

domingo, 3 de julio de 2011

Su ataque de ira

Esperaba a que cayeran ranas del cielo. Así era más fácil, ¿verdad? Así era jodidamente fácil. Echarle la culpa de su vejez a los demás, a ese estúpido mundo que la oprimía y que no se esforzaba por entenderla; permanecer sentada en ese sofá desvencijado esperando que el teléfono sonara o que llamaran a la puerta del viejo rellano. El calor se acumulaba dentro de su piso. Olía a calor, a carne reposada, a silencio y a pájaros que han muerto asfixiados. Claramente, apestaba. La consideraban una mindundi, una sin nombre, una mujer débil y recluida. Claro que lo era, el mundo la había apartado de las calles, de las carreteras y de todo lo que se movía. Se habían acabado los días y las noches, todo era uno bajo las luces amarillentas de su sala de estar.

El mundo, ¿verdad? Estúpida, más que estúpida, un día despertaste muerta y nadie aún se ha dado cuenta. Los periódicos se acumulan en la gris mesita del té, ni una esquela, ni una mención; nadie te ha echado en falta durante todos estos años. A veces lloras, en esas tardes enteras que pasas observando el ruido del mundo desde la ventana de tu ático, con los ojos apagados tras el cristal lleno de dedos y de mugre. Sigue así, muy bien, sigue esperando al príncipe azul, al vestido perfecto, a la cena de gala, a la noche en la playa, al grupo de amigos, a los viajes por mil países, a las sonrisas, a las verdades… No vas a tener nunca nada.

martes, 28 de junio de 2011

Notas mentales:

He llegado a la conclusión de que todos los sentimientos no son más que diferentes formas de pedir compañía. A los productores de cine y televisión les ha salido verdaderamente bien el invento: naces predestinado a reunirte, a lo largo de una vida más o menos desdichada, con tu media naranja, tu alma gemela, tu otro yo o, en definitiva, con ese otro cuerpo que te completa y te lleva hasta la felicidad. 

Si esto fuera cierto, tenemos prácticamente 7 mil millones de personas entre las que buscar ese ideal que, supuestamente, ha de estar esperándonos. ¿Por qué entonces las relaciones de amor y de amistad se trazan siempre entre compañeros de trabajo o estudios y con los que, en todos los casos, se comparten muchas horas al día? El amor, pues, no es más que una mutación del cariño; la transformación del hábito y la costumbre de tener cerca a una determinada persona.



Todos buscamos lo mismo, un grupo, un individuo, una sombra, cualquier forma de vida que nos acompañe en el camino, que quiera escuchar nuestras penas y que nos haga reír de vez en cuando. Queremos, también, un roce físico, algo que nos recuerde que estamos vivos, que no somos tan viejos como amenaza con hacernos creer nuestro interior.
Pero todo el mundo que montamos alrededor de una relación es ficticio, falso y artificial. Cuando estamos tristes buscamos el abrazo; cuando estamos alegres, la persona hacia la que correr a contárselo. Pero los besos, las noches bajo las sábanas, las peleas de harina en la cocina… no son más que ilusiones que hemos adoptado como necesidades verdaderas.

sábado, 28 de mayo de 2011

El fin de la velada.

Al acabar la noche, el intocable vestido fue hecho jirones; y lanzado al suelo. Ella, desnuda, lloraba sobre la cama, tumbada boca abajo sobre sus brazos cruzados.
Huyendo en sueños a un mundo de árboles y luces.

lunes, 23 de mayo de 2011

Como en los viejos tiempos.

Querer ser una pequeña princesa conlleva creer por necesidad en los cuentos de hadas. Imaginar los enormes castillos rosados alzarse hasta las nubes, y deleitarse con esos torreones que casi parecen hacerle cosquillas al cielo. Conlleva, también, ver senderos de tierra atravesando un bosque, y tener unos ojos grandes y capaces de brillar al observar el mundo. Querer ser una princesa con un vestido bonito y ligero obliga a creer en el príncipe que coge tu mano para salir a bailar; y a dibujar en tu mente el concepto del amor y de lo bello.
Es una lástima, pues, que aquella frágil dama de fuego deba ser dama de soledad, debatiéndose entre el recuerdo y el olvido desde los primeros días de su eterna vida. La suya es una pelea imposible.

(…)



No sé quién quiero ser. Vengo de demasiadas cosas que han estado mal, y me lamento de mi estado de latente silencio. Cuando hablo, sin embargo, mi voz suena estúpida y quebradiza, quizá impertinente, incorrecta y no acertada. A veces reacciono a mi habitual indiferencia, le planto cara e incito, casi provoco, mi indignación ante los hechos rutinarios. En esos casos me enfado conmigo misma, me lleno el alma de aire negro y arranco a llorar pensando en cosas que, cualquier otro día, acepto sin sobresalto alguno.

Quiero vivir rápido, lo quiero ya. Se me escapan las horas, vacías, y la única respuesta que obtengo es la de que todavía es pronto. No sé andar. Veo como el mundo ríe mientras estoy tumbada en mi cama, tratando de imaginar qué colores habrá en la calle; tratando de concebir que existen trenes que llevan a la gente de un sitio a otro, que existen grandes grupos de personas que se abrazan en algún bar, que hay música sonando, tiendas de campaña montadas y playas ruidosas bajo la mirada de la luna. Pero es que no sé andar. Deseo vivir, correr, darle fuerza a cada movimiento y sentir que ahora, justo ahora, el tiempo tiene valor.
Hoy, también, quiero poder presumir de mi fuerza de voluntad, de la capacidad de resistencia ante lo que “hace todo el mundo”. Y así, llegar tarde a los sitios para diferenciarme de la gran masa que ya está allí; sólo por el placer de saber que aún estoy por empezar esa experiencia.

Por un momento, aparto los sueños de futuro, las fotografías que una imagina cuando le cuentan algo o cuando va sola por la calle; las fantasías prohibidas, las cosas que he aprendido y que me obligo a olvidar, y el ayer. Acabo con el futuro y con el pasado para poder preguntarme: ¿Qué soy? ¿Qué tengo? Tengo cosas, por supuesto, tengo por primera vez el extremo de una cuerda que me llena de una manera increíble. Tengo un par de formas de sonreír de verdad. Y también tengo una sonrisa para alguien más pequeña y para aquellos que la rodean. Tengo la posibilidad de decir, a veces, lo que pienso.
Y ya está.
Todo lo que me rodea pasa demasiado deprisa como para que pueda asimilarlo, y me arroya en su triste velocidad. Soy una especie de adolescentes en pañales, o quizá una niña con coche propio. A veces soy demasiado joven para entender la realidad; a veces, soy demasiado antigua para aceptar lo que es normal. Todavía no estoy preparada y, sin embargo, ya llego inmensamente tarde.
Sí, claro, yo misma me doy cuenta de lo que avanzo. Pero es insuficiente, excesivo, modesto o inabarcable. Un día mis cambios van demasiado poco a poco y, al siguiente, creo estar en la cúspide de mi yo.

Apátheia.
Mi mundo forma parte de un libro antiguo.

martes, 19 de abril de 2011

Ya soy mayor de edad. Crezco y crezco, igual que tú, que ella, que aquel. Paso mis horas dentro de la jaula de cristal, o corriendo por la calle. Cada día sin llaves es una tortura, son horas en que me hago vieja demasiado rápido. Mis piernas dejan de ser fuertes, mis ojos dejan de tener ese algo, mi cuerpo deja de ser flexible y rápido. No. Quemé demasiadas vidas tiempo atrás, y lo último que quiero es estar sola.



Creo que llega un momento en que puedes entretenerte en desmenuzar las diferentes partes de tu recorrido; algo realmente sencillo a estas edades, con cambios en los estudios y cambios de colegio. De esta forma, mi última etapa se consideraría de dos años, un tiempo en el que me he vuelto del revés tres, cuatro, cinco veces. Me atrevería a decir que se ha creado el 75% de mi personalidad definitiva, y es que cuando llegué estaba encallada, dormida; parada. Poco a poco empiezo a andar.
Son el bendito Sol y el tiempo libre el preludio que suena al levantar el pie del penúltimo escalón del edificio. Al fin y al cabo, creo que aquí ya no puedo conseguir nada nuevo, toca cambiar. No espero echar demasiado de menos la gran cantidad de voces y sonidos, no son más que una parte de lo que serán mis recuerdos. Y me encargo de llevarme, de entre todo, lo que más me interesa. Como ya hice una vez.

Además, ahora tengo algo nuevo; unas bambas desgastadas. He aprendido a sonreír mucho cuando las llevo puestas, y he logrado sentirme parte de algo. ¿No es este uno de mis objetivos? Por supuesto que lo es, poco a poco se van revelando las cosas que persigo. Y así los miedos se apartan para quedarse observando cómo aprendo a ser feliz; cuando bailo acompañada frente a unos niños sorprendidos, bajo el Sol y el viento. Va a darme un ataque de risa y nadie va a poder conseguir que deje de saltar como una niña que está aprendiendo a caminar.

Inocente, pequeña; como me gusta ser, con un estado de ánimo verdaderamente frágil y mil pájaros en la cabeza. Me haré más fuerte mientras juego a las princesas. Sigo despertando con ganas de querer, con ganas de que me quieran, de que me lleguen besos, de que me lleguen abrazos. Quiero seguir hablando de lo de siempre pero con palabras diferentes, aunque a veces hablo demasiado y empiezo a ser una copia horrorosa, sí, horrorosa, por fea que sea esa palabra.


Que se abra el telón mientras me colocan la corona.

(A.M.)

miércoles, 30 de marzo de 2011

Tómatelo con calma, que el día está gris.

Creo que ando preocupada por el determinismo que rige mi existencia. Al ser humano le gusta considerarse libre, estar convencido de que actúa siguiendo lo que él quiere y lo que él piensa. Pero nada más lejos de la realidad, y es que empezamos a estar condicionados en el mismo momento en que suena ese despertador viejo que, una mañana más, pensamos en cambiar.
He pasado muchos años de mi vida hablando poco, e incluso permaneciendo muda mañanas enteras. En ese aspecto, las cosas no han cambiado demasiado. En un principio se trató de timidez llevada al extremo, de un miedo horrible a dejarme ver. ¿Y ahora? Sí, todavía queda de eso, es la semilla inevitable que todo una conjunto de acontecimientos han ido incorporando en mi interior; no obstante, hay que reconocer el importante esfuerzo llevado a cabo. Hoy en día, mis parcas palabras se deben, me gusta pensar, a mi personalidad. Nada de miedos ni de deseos de esconderse. Creo en la discreción, en el valor del silencio y en los textos bien redactados. Pero es probable que mis creencias no sean más que una forma de disimular mis puntos débiles.


De toda la gente que uno conoce en el aquí y en el ahora, las personas con las que se tiene más relación; ya ni me atrevo a mencionar los grandes y completamente inútiles grupos de amigos; ¿qué porcentaje “quiere escuchar”? Ahí debe estar la base de mi problema. Me atrevería a asegurar que todo es fruto de una costumbre, de un habitual que me ha llevado a acomodarme a la vida. Paso horas y horas rodeada de sombras que hablan, interrumpen, jamás recuerdan nada y jamás piensan que algo que pase fuera de sus vidas pueda ser bueno, divertido o emocionante. De esta manera, todas tus sonrisas, nervios e intrigas ante sucesos “diferentes”, ante hechos que escapan a su vana normalidad, son absurdos; se encargan bien de hacértelo recordar.
Así que hay que guardar los cuentos e historias para esas ocasiones especiales en que aflora de alguien, al fin, una pregunta. En el día a día las intervenciones se hacen innecesarias, las opiniones no tienen ninguna validez. No importa si lo que dices es interesante, aburrido o carece de sentido. Tan sólo cuenta el ruido y los murmullos, que haya vida, y así poder estar tranquilos porqué eso significa que todo va bien.
Como muy pocas personas se interesan por los cuentos, ahora sólo sé hablar bajito y arrastrando las palabras.

Así pues, no soy más que lo que mi rutina hace de mí. Me entra el miedo si pienso que, con una poderosa carga del inconsciente previamente determinada, voy a seguir el mismo camino caldeado y maloliente que han andado antes las personas que conforman mi entorno. Me aterra que todas ellas, en mayor o menor medida, hayan formado una personalidad que entonces deja de ser mía. Y que cuando me hablen de cómo soy yo no sepa reconocerme.
Debido a esto, quizá, tras haber visto tantas veces que la lluvia siempre llega después de las nubes, pase el resto de mi vida asustándome al presenciar que éstas pasan de largo y simplemente dejan un día gris o que, tal vez, abren paso a la luz del Sol. No sé apreciar la caricia de esos rayos, pues estoy demasiado ocupada en sorprenderme y preguntarme: ¿a causa de qué?

(A.M.)

miércoles, 23 de marzo de 2011

Subway kid, rejoice your truth

Tranquilízate,
sólo ha sido
un lunar
a la luz del Sol.
Sólo un pequeño susto.

sábado, 12 de marzo de 2011

La hora terrible.

Cuéntame, hablemos de nuestros sueños y de nuestras ilusiones, en esta noche en que es tarde y nadie nos está escuchando.
Cuéntame, que es sábado noche y se acerca la hora débil, la hora de las lágrimas y de la soledad, que la música empieza a ablandarme.
Cuéntame, que quiero escuchar el susurro de tu voz acompañando este millón de caricias sobre el sofá.

viernes, 11 de marzo de 2011

Revelando identidades.

Cada noche ensordecen las campanas el silencio; durante todas las veladas la manta sigue doblada en su lugar. 
El tiempo nos arrastra, nos separa, planta miles de vidas en cada segundo que las almas jóvenes caminan. Ellas, que son lunares románticos llenos de intensidad, que sueñan como nadie más puede, que aman como nadie más sabe. Que son fuertes en una locura sana, inexperta y sedienta.
Y así, mi mirada ya no es la misma que cuando me dejaste. Descubro que cuando bailo sola mis golpes son más fuertes y más precisos. Recuerdo que tus labios ya no van a sorprenderse de cada cambio, que ya no van a sonreír al compás de mis sonrisas; no vas a ver cómo son hoy mis ojos ni cómo serán mañana. Ya no vas a acariciar mis retinas cansadas de mirar sin ver nada. Nunca más.Y sé que parezco una loca buscando gestos en el aire, y sé que sólo yo sé lo que quiero, y sé que todo sólo está en mis sueños.


domingo, 6 de marzo de 2011

Mañana nos reuniremos para contárnoslo

(Cómo nos ha ido esta noche de Carnaval)


No existe el tiempo ni el número de vidas en que nos movemos por el mundo, pues nadie a quién he preguntado sabe responderme a cuántos años es un minuto. Así, la única medida válida es la del metro de pared que está colgado a la derecha del espejo, justo donde un alma impalpable vigila de reojo la cama de peluches, colores y dosel.
Y allí está, insistente, una niña con un lápiz mordido entre sus dedos que traza líneas sobre su cabeza, despertar tras despertar. Ha calculado que necesita alcanzar el metro veinte que marca el final del sombrero del elefante para poder llegar sin pedir ayuda hasta al bote de galletas, en la cocina de su casa. Aunque algunos días querría acelerar las cosas no puede hacerlo, y es a partir de cada comida, cada ducha y cada noche reparadora que va haciéndose mayor. Otros meses, en cambio, aborrece las galletas porqué al fin y al cabo también se niega a crecer.

Ha sido hoy que el trazo del lápiz ha ido a parar directamente sobre la pared roja, ignorando todo grito del gracioso animal. Era aquí donde debía llegar. En ella se ha ido reuniendo el valor y la fuerza que la llevarán hasta un asunto que espera solución desde hace demasiado tiempo. Ahora es capaz de enfrentarse a su pequeño problema, es capaz de afrontar algo nuevo; su mente se ha ido transformando.

A pesar de todo, es necesario reparar en que ella sigue siendo una niña que no siempre querrá comer galletas, y que sigue preguntándole cada mañana a su particular espejito mágico en qué medida ha envejecido. Aunque ahora de poco le sirve que haya un elefante más pequeño que ella ocupando un espacio en la pared, y se ha decidido a utilizar un nuevo papel en blanco que ha de colocarse sobre el sombrero. Pero, con toda la maniobra del lápiz en la mano y las legañas en la cara, no consigue mantener el papel recto y en su lugar. Si sólo hubiera alguien que lo sujetara por ella, podría seguir creciendo sin problemas. Quizá pueda pedirle ayuda a la extraña alma del espejo, y es que hoy quiere comer, ducharse y meterse de nuevo en la cama.

(A.M.)

sábado, 26 de febrero de 2011

Peleándome con el monstruo de dentro del armario.

Detesto caer en la obligación mental de dar la razón a aquellos que hablan de cómo soy. Bien, muchas veces se equivocan, pero cuando dan justo en el clavo es verdaderamente indignante reconocer los errores.
Por supuesto, eso es una deuda que sólo he de saldar conmigo misma, pues obviamente en este punto sobran las justificaciones que no vayan a parar a ese par de personas realmente sinceras dentro de mi vida. 

Me apasiona la filosofía. Ahora pienso mucho en los mil problemas y variaciones que generaría creer en las impresiones y sus posteriores ideas. Se establece que una idea legítima, creada en nuestra mente a partir de una impresión o experiencia, sólo es aquella que procede de la experiencia. Por supuesto, no creemos en la existencia de unas ideas innatas. Así, ¿cómo es posible la existencia de ideas no legítimas, si sin experiencia no es posible la idea? Por supuesto, hoy no voy a probar de dar a esto respuesta; mañana, quizá.
Ahora aceptamos la existencia de ideas legítimas e ideas no legítimas. Así, si yo vi algo de lejos, sin olerlo, tocarlo o saborearlo, esa idea no debería ser legítima. Poseo la idea simple de su imagen, pero carezco de la idea compleja que me permite elaborar el recuerdo de un todo. Así, soy incapaz de recordarlo como algo completo y veraz, pues sólo lo experimento como una idea vagabunda y sin conexión en el mar de mi mente.

Y en las plumas de Carnaval va mi noche...

No me malinterpretéis; no quiero pudrirme por dentro con tal rapidez. Me siento un 5 y un 10 a la vez, inútil presencia en cualquiera de los mundos que me ofrezcan. No voy a correr, no vaya a cansarme, no me quedaré en la cama, no vaya a atraparme el sueño. Y sin embargo, correr me hace sonreír, y el sueño me lleva hasta al escondite del Sol.

Pero en mi alegato final está la clave: Siempre adopto la misma actitud, y mi falta de ganas no es más que un exceso de miedo.

lunes, 21 de febrero de 2011

En esos días en que no me aguanto ni yo

Vuelve la pregunta reina.

¿Eres feliz?


- Ven, dame la mano, sin miedo. Apoyála aquí. ¿Notas algo?

- No... no noto nada.

- Exacto, nada. Mi alma no respira.

jueves, 17 de febrero de 2011

Y si la única opción es la imposible.

No puedo dormir, es horrible. Me estiro en la cama y cierro los ojos, pero mis pensamientos son una niña pequeña que acaba de aprender a andar. Los párpados, sellados con fuerza, empiezan a llorar. Se mojan las pestañas, se moja la cara, se moja el cuello y mis manos en un intento desesperado de detener la tormenta. Empapo mi cuerpo a partir de ellas, y abro los ojos, a la fuerza, para incorporarme y poder dejar de ahogarme en mi propia ansiedad. Me siento en la cama, y todo mi cuerpo se sacude. Enciendo la luz, busco un libro, intento calmarme y concentrarme en sus letras borrosas; con cuidado para no derramar sobre él la prueba del delito. Con los sollozos silenciados, vuelvo a cerrarlo y le doy una segunda oportunidad a mi almohada. Pero el proceso vuelve a empezar.

Y el despertar es aún peor. Mi conciencia vuelve de repente, asustada por una pesadilla que ni siquiera voy a recordar, y durante el primer minuto mis pensamientos ya inician una frenética carrera hacia la parte más externa de mi interior. Todavía no me he incorporado y ya he dejado caer las primeras e inconscientes lágrimas de este día.
Así, dejando gotas saladas en el suelo de esta casa como piedras que han de enseñarme el camino de vuelta, desayuno, me visto e intento convencerme de que he de dejar de llorar para poder salir a la realidad. Y corro, porqué llego tarde, con los ojos hinchados por noches que no sirven para nada, con un nudo en el estómago que parece engullirme por dentro. Mareada por la falta de sueño y con la cabeza que ni la siento, paso el día escondiéndome, llorando, calmándome rápida y falsamente, sonriendo, maquillándome, corriendo, llorando y lavándome la cara. Y se acerca la noche de nuevo…


No será tu primer beso.
La fuerte pasión nos ha destrozado.
Esto va a doler muchísimo y demasiado tiempo.

(Hasta pronto).

martes, 8 de febrero de 2011

Hoy me escaparía.

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Hoy me escaparía con cualquiera que me ofreciera abrazos eternos con su compañía. Me asomé a la impecable luz del lago, en el valle formado por la magnificencia de dos montañas de fantasía, allí donde se oculta el Olimpo a los ojos de los humanos. Siendo una mota de polvo en el paisaje virgen, ser cauteloso en sus movimientos y silencioso en su respirar. Con cientos de aves diminutas sobrevolando un cielo altísimo y el agua roncando en mi regazo, observé las laderas lisas e interrogantes. Recordé que algún día había volado, que había sonreído a los pájaros desde el interior de su uve emigrante. Recordé haber herido mi vientre con los intensos rayos del Sol, recordé haber reído con la Luna durante noches enteras.


Volví mi rostro hacia al agua, y mis ojos parpadearon en un movimiento irreal que no fue mío, que fue de la copia del espejo azul y dorado. Fue ella, que al abrirlos, me cegó, y me retiré asustada convencida de haber enloquecido. Pero, cabezota, incliné de nuevo mi cuerpo hacia el profundo vacío, sin miedo a caer en él. Noté algo extraño en mi rostro, que había cambiado desde la última vez que lo había observado en un espejo. Y sólo entonces, profanando el silencio del lugar, un grito ahogado salió de mi estómago y veinticuatro mariposas negras desgarraron, sin piedad, ropa y piel. Cayeron al lago, transformando progresivamente, con la inminente caída al agua de una nueva presa, su azul transparente en un negro impenetrable.

Al despertar esta mañana, la sábana que me cubría había desaparecido en el suelo, y mi cuerpo estaba envuelto en un sudor helado. Miré mi vientre: una cicatriz de unos tres centímetros rompía, en el extremo derecho, su liso habitual. Desperté a tiempo para ver como una última y pequeña ala negra sellaba la herida y se deshacía en oscuras partículas ante mis ojos cansados.


(A.M.)

viernes, 28 de enero de 2011

Engañar a la soledad.

Debo haber enloquecido al engullir en soledad tantas pasiones.
Nuestra búsqueda acaba limitada a poder dormir sin la compañía de la almohada. Una mera presencia que acalle la soledad que llevamos adherida dentro, sólo eso. La búsqueda desesperada de maneras de no pensar demasiado, de conversaciones en las que cuando un rostro desaparezca siempre llegue otro ocupando su lugar; y todo porqué los benditos ojos acaban por cansarse de estar en su cárcel pequeña y húmeda. Gritan tanto que no les sale la voz.

La realidad avanza más rápida que nosotros mismos y logra adelantarnos. Por eso quiero a quién coger de la mano sin vacilar, a quién arrastrar a mi lado en una carrera sin sentido que sólo deja sombras efímeras dibujadas en el suelo. Y así incluso querré detenerme al saber que habrá quién sujete el otro extremo de la cuerda, con quién pueda conseguir que ésta se tense y que la Tierra deje de rotar. Quiero abrazar, quiero besar, quiero un hombro sobre el que poder dormir, quiero mis imágenes en mis manos. Todo está hoy reducido a un Big Bang impalpable e insonoro atrapado en otro mundo, mientras yo como sombra errante voy en busca de una voz que me entretenga durante unos minutos. Cualquier cosa vale, cualquier cosa es buena si de la forma más pequeña me va dando y liberando una necesidad de amor que se ha quedado enquistada en el alma.

Y debo pedirte algo: no me olvides, por favor.

martes, 18 de enero de 2011

Barcelona.

A menudo los escritores plasman en sus obras los paisajes que envuelven su sueño y las sensaciones que individualmente desarrollan en cada uno de esos lugares. De hecho, he leído más de una novela que recorre con las palabras esta ciudad. Barcelona.
La conocida como ciudad condal, con esas construcciones fuertes que franquean anchas avenidas y que, de repente, quedan aprisionadas entre estrechos callejones. Son vigilantes de un mundo que, más abajo, vive diariamente con las prisas y el ajetreo propios de una gran capital. Las calles, asfaltadas por adoquines que resuenan con las pisadas de la gente de este siglo, esconden cierta magia. Si te detienes en el centro del movimiento es verdaderamente fácil revivir a las personas que, en blanco y negro, han sido plasmadas en cientos de fotografías admirando ese lugar. Tengo grabados en la retina antiguos retratos de bellas mujeres con corsés imposibles y vestidos que resbalan con gran volumen hasta los pies; y que cogen del brazo a hombres con bigotes delicados y trajes negros. Ellos marcan el pasado de una ciudad que viaja en coche de caballos y deja voces con eco entre los edificios.



Hoy, las Ramblas tienen un nuevo olor a chocolate caliente. Resulta hechizante la cantidad de gente diferente que se cruza en el camino, las infinitas formas de vestir o los idiomas que se acercan y se alejan con la misma fugacidad. Todos llevamos cámaras. No importa cuántas veces se haya visto la fachada del teatro del Liceo, o qué días se haya observado el dragón oriental que hay en lo alto de aquella farola.
Las estatuas humanas no cambian con el paso del tiempo. Quizá ahora hay más, tal vez se colocan más juntas, pero sigue estando ese hombre sin cabeza que olvida en la calle el sombrero y las gafas a la hora de comer. Son seres terribles y admirables a la vez.
Aunque entre tantos estímulos sí que hay cosas que cambian, y ciertos grupos de desconocidos firman en catalán su desacuerdo con el cambio de la reforma hecha en las Ramblas. Es una unión que no se ve todos los días, y la verdad es que una familia todavía ha podido comprar una nueva mascota.
Pero todavía hay más vida en la enorme avenida. Varias floristerías venden ramos de flores para compartir con un amante invisible al que poder enseñar este mundo desde el principio. Sin impresiones previas, enseñarle a verlo con los mismos ojos limpios con los que se le escribe, y guiarlo así por las calles repletas de historias y de romances.
Más adelante, unos cuantos lienzos son manchados con lápiz de carboncillo para crear degradaciones o verdaderas obras de arte.

La magia de las Ramblas eclosiona en el puerto que marca su final. Allí, el olor a comida caliente se hace aún más fuerte, y las barrigas impecablemente blancas de las gaviotas sobrevuelan las cabezas de los transeúntes. Su canto insistente acompaña al mar sin olas, y es allí donde acabo y permanezco; con el pelo imposiblemente enredado de viento y sal.


(A.M.)

lunes, 3 de enero de 2011

Joder, te echo muchísimo de menos...

Tu bendita voz de madrugada...

Los recuerdos no dejan de zumbarme en los oídos...

domingo, 2 de enero de 2011

Supongo que me toca decir... Feliz Año Nuevo a todos.

Es fácil perder algo antes siquiera de llegar a tocarlo. Entonces sólo queda la dichosa imaginación. ¿Y sabes qué es lo que me supone un mayor dolor? Que así no puedo enseñarte todo lo que voy aprendiendo. Y cuando pueda hacerlo habrá demasiado acumulado, demasiadas cosas de que hablar, demasiados detalles que mostrar, y no habrá tiempo. Porqué, ¿sabes? Quiero enseñarte algo.


Finjo estar bien, pero en el silencio me consumo por dentro. Y es que la juventud acaba donde empieza la soledad. Tantos planes... tantos sueños. Se esfumaron de un día para otro, con un mazo golpeando el denso aire, insistente y a la vez demasiado fugaz, rápido. Nadie tiene en cuenta que yo NO quiero pasar página, que toda esta historia me duele y me quema de una forma exagerada.
¿Navidad, Nochevieja, Fin de Año? No son más que estupideces. Consumismo y una falsa idea de amor y reunión con los seres queridos. Pero siempre, siempre, falta gente, y a veces incluso los que están se odian tanto entre ellos y a ellos mismos que no soportan las sonrisas y las largas veladas obligadas por una absurda convención social.

Al margen de todo esto, necesito un poco más de aire para vivir. He llegado al punto culminante de mi rechazo por los horarios y por las estúpidas reglas sobre lo que se considera correcto y lo que no. Tengo mi propia opinión acerca de todo lo que es susceptible de ello, y no me importa si ésta no siempre es compartida. En las escasas ocasiones que se me presentan, no voy a dejar de respirar a las cinco para poder garantizarme el oxígeno a las seis.
A pesar de todo, voy a seguir regodeándome en una imagen miserable y decadente.