A TRAVÉS DE LAS PALABRAS.

Tengo 20 años, y soy estudiante de Publicidad y Relaciones Públicas en la UAB, Barcelona.

Actualmente, experimentadora nata sobre cómo conectar arte, creatividad, comunicación, publicidad y escritura.

viernes, 28 de enero de 2011

Engañar a la soledad.

Debo haber enloquecido al engullir en soledad tantas pasiones.
Nuestra búsqueda acaba limitada a poder dormir sin la compañía de la almohada. Una mera presencia que acalle la soledad que llevamos adherida dentro, sólo eso. La búsqueda desesperada de maneras de no pensar demasiado, de conversaciones en las que cuando un rostro desaparezca siempre llegue otro ocupando su lugar; y todo porqué los benditos ojos acaban por cansarse de estar en su cárcel pequeña y húmeda. Gritan tanto que no les sale la voz.

La realidad avanza más rápida que nosotros mismos y logra adelantarnos. Por eso quiero a quién coger de la mano sin vacilar, a quién arrastrar a mi lado en una carrera sin sentido que sólo deja sombras efímeras dibujadas en el suelo. Y así incluso querré detenerme al saber que habrá quién sujete el otro extremo de la cuerda, con quién pueda conseguir que ésta se tense y que la Tierra deje de rotar. Quiero abrazar, quiero besar, quiero un hombro sobre el que poder dormir, quiero mis imágenes en mis manos. Todo está hoy reducido a un Big Bang impalpable e insonoro atrapado en otro mundo, mientras yo como sombra errante voy en busca de una voz que me entretenga durante unos minutos. Cualquier cosa vale, cualquier cosa es buena si de la forma más pequeña me va dando y liberando una necesidad de amor que se ha quedado enquistada en el alma.

Y debo pedirte algo: no me olvides, por favor.

martes, 18 de enero de 2011

Barcelona.

A menudo los escritores plasman en sus obras los paisajes que envuelven su sueño y las sensaciones que individualmente desarrollan en cada uno de esos lugares. De hecho, he leído más de una novela que recorre con las palabras esta ciudad. Barcelona.
La conocida como ciudad condal, con esas construcciones fuertes que franquean anchas avenidas y que, de repente, quedan aprisionadas entre estrechos callejones. Son vigilantes de un mundo que, más abajo, vive diariamente con las prisas y el ajetreo propios de una gran capital. Las calles, asfaltadas por adoquines que resuenan con las pisadas de la gente de este siglo, esconden cierta magia. Si te detienes en el centro del movimiento es verdaderamente fácil revivir a las personas que, en blanco y negro, han sido plasmadas en cientos de fotografías admirando ese lugar. Tengo grabados en la retina antiguos retratos de bellas mujeres con corsés imposibles y vestidos que resbalan con gran volumen hasta los pies; y que cogen del brazo a hombres con bigotes delicados y trajes negros. Ellos marcan el pasado de una ciudad que viaja en coche de caballos y deja voces con eco entre los edificios.



Hoy, las Ramblas tienen un nuevo olor a chocolate caliente. Resulta hechizante la cantidad de gente diferente que se cruza en el camino, las infinitas formas de vestir o los idiomas que se acercan y se alejan con la misma fugacidad. Todos llevamos cámaras. No importa cuántas veces se haya visto la fachada del teatro del Liceo, o qué días se haya observado el dragón oriental que hay en lo alto de aquella farola.
Las estatuas humanas no cambian con el paso del tiempo. Quizá ahora hay más, tal vez se colocan más juntas, pero sigue estando ese hombre sin cabeza que olvida en la calle el sombrero y las gafas a la hora de comer. Son seres terribles y admirables a la vez.
Aunque entre tantos estímulos sí que hay cosas que cambian, y ciertos grupos de desconocidos firman en catalán su desacuerdo con el cambio de la reforma hecha en las Ramblas. Es una unión que no se ve todos los días, y la verdad es que una familia todavía ha podido comprar una nueva mascota.
Pero todavía hay más vida en la enorme avenida. Varias floristerías venden ramos de flores para compartir con un amante invisible al que poder enseñar este mundo desde el principio. Sin impresiones previas, enseñarle a verlo con los mismos ojos limpios con los que se le escribe, y guiarlo así por las calles repletas de historias y de romances.
Más adelante, unos cuantos lienzos son manchados con lápiz de carboncillo para crear degradaciones o verdaderas obras de arte.

La magia de las Ramblas eclosiona en el puerto que marca su final. Allí, el olor a comida caliente se hace aún más fuerte, y las barrigas impecablemente blancas de las gaviotas sobrevuelan las cabezas de los transeúntes. Su canto insistente acompaña al mar sin olas, y es allí donde acabo y permanezco; con el pelo imposiblemente enredado de viento y sal.


(A.M.)

lunes, 3 de enero de 2011

Joder, te echo muchísimo de menos...

Tu bendita voz de madrugada...

Los recuerdos no dejan de zumbarme en los oídos...

domingo, 2 de enero de 2011

Supongo que me toca decir... Feliz Año Nuevo a todos.

Es fácil perder algo antes siquiera de llegar a tocarlo. Entonces sólo queda la dichosa imaginación. ¿Y sabes qué es lo que me supone un mayor dolor? Que así no puedo enseñarte todo lo que voy aprendiendo. Y cuando pueda hacerlo habrá demasiado acumulado, demasiadas cosas de que hablar, demasiados detalles que mostrar, y no habrá tiempo. Porqué, ¿sabes? Quiero enseñarte algo.


Finjo estar bien, pero en el silencio me consumo por dentro. Y es que la juventud acaba donde empieza la soledad. Tantos planes... tantos sueños. Se esfumaron de un día para otro, con un mazo golpeando el denso aire, insistente y a la vez demasiado fugaz, rápido. Nadie tiene en cuenta que yo NO quiero pasar página, que toda esta historia me duele y me quema de una forma exagerada.
¿Navidad, Nochevieja, Fin de Año? No son más que estupideces. Consumismo y una falsa idea de amor y reunión con los seres queridos. Pero siempre, siempre, falta gente, y a veces incluso los que están se odian tanto entre ellos y a ellos mismos que no soportan las sonrisas y las largas veladas obligadas por una absurda convención social.

Al margen de todo esto, necesito un poco más de aire para vivir. He llegado al punto culminante de mi rechazo por los horarios y por las estúpidas reglas sobre lo que se considera correcto y lo que no. Tengo mi propia opinión acerca de todo lo que es susceptible de ello, y no me importa si ésta no siempre es compartida. En las escasas ocasiones que se me presentan, no voy a dejar de respirar a las cinco para poder garantizarme el oxígeno a las seis.
A pesar de todo, voy a seguir regodeándome en una imagen miserable y decadente.