A TRAVÉS DE LAS PALABRAS.

Tengo 20 años, y soy estudiante de Publicidad y Relaciones Públicas en la UAB, Barcelona.

Actualmente, experimentadora nata sobre cómo conectar arte, creatividad, comunicación, publicidad y escritura.

martes, 28 de junio de 2011

Notas mentales:

He llegado a la conclusión de que todos los sentimientos no son más que diferentes formas de pedir compañía. A los productores de cine y televisión les ha salido verdaderamente bien el invento: naces predestinado a reunirte, a lo largo de una vida más o menos desdichada, con tu media naranja, tu alma gemela, tu otro yo o, en definitiva, con ese otro cuerpo que te completa y te lleva hasta la felicidad. 

Si esto fuera cierto, tenemos prácticamente 7 mil millones de personas entre las que buscar ese ideal que, supuestamente, ha de estar esperándonos. ¿Por qué entonces las relaciones de amor y de amistad se trazan siempre entre compañeros de trabajo o estudios y con los que, en todos los casos, se comparten muchas horas al día? El amor, pues, no es más que una mutación del cariño; la transformación del hábito y la costumbre de tener cerca a una determinada persona.



Todos buscamos lo mismo, un grupo, un individuo, una sombra, cualquier forma de vida que nos acompañe en el camino, que quiera escuchar nuestras penas y que nos haga reír de vez en cuando. Queremos, también, un roce físico, algo que nos recuerde que estamos vivos, que no somos tan viejos como amenaza con hacernos creer nuestro interior.
Pero todo el mundo que montamos alrededor de una relación es ficticio, falso y artificial. Cuando estamos tristes buscamos el abrazo; cuando estamos alegres, la persona hacia la que correr a contárselo. Pero los besos, las noches bajo las sábanas, las peleas de harina en la cocina… no son más que ilusiones que hemos adoptado como necesidades verdaderas.