A TRAVÉS DE LAS PALABRAS.

Tengo 20 años, y soy estudiante de Publicidad y Relaciones Públicas en la UAB, Barcelona.

Actualmente, experimentadora nata sobre cómo conectar arte, creatividad, comunicación, publicidad y escritura.

sábado, 28 de mayo de 2011

El fin de la velada.

Al acabar la noche, el intocable vestido fue hecho jirones; y lanzado al suelo. Ella, desnuda, lloraba sobre la cama, tumbada boca abajo sobre sus brazos cruzados.
Huyendo en sueños a un mundo de árboles y luces.

lunes, 23 de mayo de 2011

Como en los viejos tiempos.

Querer ser una pequeña princesa conlleva creer por necesidad en los cuentos de hadas. Imaginar los enormes castillos rosados alzarse hasta las nubes, y deleitarse con esos torreones que casi parecen hacerle cosquillas al cielo. Conlleva, también, ver senderos de tierra atravesando un bosque, y tener unos ojos grandes y capaces de brillar al observar el mundo. Querer ser una princesa con un vestido bonito y ligero obliga a creer en el príncipe que coge tu mano para salir a bailar; y a dibujar en tu mente el concepto del amor y de lo bello.
Es una lástima, pues, que aquella frágil dama de fuego deba ser dama de soledad, debatiéndose entre el recuerdo y el olvido desde los primeros días de su eterna vida. La suya es una pelea imposible.

(…)



No sé quién quiero ser. Vengo de demasiadas cosas que han estado mal, y me lamento de mi estado de latente silencio. Cuando hablo, sin embargo, mi voz suena estúpida y quebradiza, quizá impertinente, incorrecta y no acertada. A veces reacciono a mi habitual indiferencia, le planto cara e incito, casi provoco, mi indignación ante los hechos rutinarios. En esos casos me enfado conmigo misma, me lleno el alma de aire negro y arranco a llorar pensando en cosas que, cualquier otro día, acepto sin sobresalto alguno.

Quiero vivir rápido, lo quiero ya. Se me escapan las horas, vacías, y la única respuesta que obtengo es la de que todavía es pronto. No sé andar. Veo como el mundo ríe mientras estoy tumbada en mi cama, tratando de imaginar qué colores habrá en la calle; tratando de concebir que existen trenes que llevan a la gente de un sitio a otro, que existen grandes grupos de personas que se abrazan en algún bar, que hay música sonando, tiendas de campaña montadas y playas ruidosas bajo la mirada de la luna. Pero es que no sé andar. Deseo vivir, correr, darle fuerza a cada movimiento y sentir que ahora, justo ahora, el tiempo tiene valor.
Hoy, también, quiero poder presumir de mi fuerza de voluntad, de la capacidad de resistencia ante lo que “hace todo el mundo”. Y así, llegar tarde a los sitios para diferenciarme de la gran masa que ya está allí; sólo por el placer de saber que aún estoy por empezar esa experiencia.

Por un momento, aparto los sueños de futuro, las fotografías que una imagina cuando le cuentan algo o cuando va sola por la calle; las fantasías prohibidas, las cosas que he aprendido y que me obligo a olvidar, y el ayer. Acabo con el futuro y con el pasado para poder preguntarme: ¿Qué soy? ¿Qué tengo? Tengo cosas, por supuesto, tengo por primera vez el extremo de una cuerda que me llena de una manera increíble. Tengo un par de formas de sonreír de verdad. Y también tengo una sonrisa para alguien más pequeña y para aquellos que la rodean. Tengo la posibilidad de decir, a veces, lo que pienso.
Y ya está.
Todo lo que me rodea pasa demasiado deprisa como para que pueda asimilarlo, y me arroya en su triste velocidad. Soy una especie de adolescentes en pañales, o quizá una niña con coche propio. A veces soy demasiado joven para entender la realidad; a veces, soy demasiado antigua para aceptar lo que es normal. Todavía no estoy preparada y, sin embargo, ya llego inmensamente tarde.
Sí, claro, yo misma me doy cuenta de lo que avanzo. Pero es insuficiente, excesivo, modesto o inabarcable. Un día mis cambios van demasiado poco a poco y, al siguiente, creo estar en la cúspide de mi yo.

Apátheia.
Mi mundo forma parte de un libro antiguo.