A TRAVÉS DE LAS PALABRAS.

Tengo 20 años, y soy estudiante de Publicidad y Relaciones Públicas en la UAB, Barcelona.

Actualmente, experimentadora nata sobre cómo conectar arte, creatividad, comunicación, publicidad y escritura.

sábado, 31 de julio de 2010

En la noche.

Pobre miserable.


La gran afición de Marcos residía en los paseos a la luz de la luna. Sólo entonces, el ligero descenso de la temperatura lograba hacerle llegar aquella extraña sensación que tanto amaba. El vello de los brazos, libre de la prisión que los ahogaba durante el invierno, se erizaba. Su andar, ligero y solitario. Marcos era un transeúnte más con algo de frío, pero su mente elaboraba una increíble sensación de abandono y soledad invisibles entre el gentío.
Amaba la sensación de peligro que exhalaban los callejones envueltos en humo, amaba las calles desiertas donde correr y dejar oír sus pasos. Los breves minutos que lograba robarle a la noche eran su paraíso, eran las sombras de sus secretos. Allí, en bancos olvidados de lugares poco recomendables hablaba con el tiempo, sobre sus sueños, sus anhelos, sobre todo aquello que la llegada del Sol volvía imposibles, locuras en un mundo de extraños seres que se creían cuerdos.


Pero su desgracia llegó un viernes 30 de julio de un año cualquiera. Marcos viajaba aún en el tren de la juventud, llevando como equipaje un fuerte idealismo y numerosas creencias ancladas en el romanticismo.

Había adquirido como costumbre llevar a todas partes, en el bolsillo derecho de su pantalón por debajo de la rodilla, un pequeño aparato de música. Aquella noche, la nitidez del cielo permitía ver a algunos metros de distancia la luz fluorescente que dibujaba un rectángulo de luz en la tela.
Marcos había llegado hasta un pequeño parque cuando aún quedaba claridad en el cielo, y ahora el camino de retorno a casa aparecía recortado en sombras que ocultaban a seres del inframundo. La atmósfera de aquellas calles destilaba un persistente olor a tabaco y probablemente a substancias ilegales. Pero Marcos no tuvo miedo, y gozó con la cabeza bien alta de aquel paseo que le llevaría entre cientos de miradas de curiosidad, repugnancia y, en última instancia, de malas intenciones.

Aquella noche, un joven desapareció durante 30 largos meses.



(A.M.)

jueves, 29 de julio de 2010

Pupilas.

Los barcos, al contrario de aquello que las grandes historias nos quieren hacer creer, suelen hundirse en lagunas tranquilas, en océanos de calma. Las proas de tan cuidada madera se quiebran, como libros que deben ser cerrados porqué así se pone punto y final a los sueños que albergan dentro y que, solo quizá, algún día vuelvan a ver la luz.
Y entonces las superficies astilladas pierden el sentido de su existencia, cayendo así en círculos concéntricos y perdiéndose en torbellinos que transportan la luz solar hasta el olvido.

Los pequeños navíos desvían el rumbo en noches de tempestad, cuando el gris del cielo invade las pupilas nostálgicas y las anega de una negrura impenetrable.


(A.M.)

lunes, 19 de julio de 2010

El pájaro preso.

Hace algún tiempo que no consigo escribir.


Era de noche en el cuarto piso de aquel edificio que hacía esquina en la gran manzana de Madrid. Sonia representaba un modelo de adolescente que había reducido las primeras experiencias de su corta vida a la soledad que despedían los viejos muros de aquella estancia. Era de noche, y Sonia dejaba volar sus sueños con un pincel fino en la mano.

Se trataba de un piso sucio, donde de cada esquina emergían hormigas e inabarcables telarañas. Sin embargo, todo disponía de un extraño orden. Lápices, bolígrafos, gomas de borrar y decenas de cuadernos se encontraban minuciosamente alineados en toda superficie de la casa; mesas, escritorios y muebles. En el baño, numerosos envases para el cuidado de la piel y del pelo ocupaban un pequeño pedestal de cristal colocado expresamente para ello. En la cocina ni rastro de platos sucios en la pica, que en cambio tenía un aspecto deplorable. Y en una pequeña sala, una única cama de matrimonio de sábanas rosadas abierta en un mínimo triángulo en la parte superior del lado derecho. Sonia dormía sola.

La mañana anterior debería haber salido a la calle, interrumpir el letargo que ya iba por el séptimo día y comprar alguna cosa que, al menos, la permitiera comer. Pero aquella chica había quedado hundida en el infierno de la indiferencia, de la monotonía y de las luces a baja intensidad. Había convertido en un habitual su recorrido entre estancias estudiando las formas de las baldosas. Y había dejado de encender las luces.

Escasos años atrás había tenido una vida de éxitos con familia y amigos, pero el miedo a actuar había acabado con ella. Sonia recordaba con especial ilusión a una chica, Teresa, con quién había logrado ir madurando y comprenderla poco a poco. Sin embargo, Sonia nunca fue capaz de compartir la fuerza y la seguridad que su amiga regalaba al mundo con sus palabras. Ella fue su última compañía, una última sombra que se perdió la noche que Teresa marchó en busca de sus sueños con unas últimas palabras en su boca.
- ¿Jamás te ha pasado que la decisión de tomar un camino ha electrizado tu cuerpo, que algo dentro de ti te ha dicho que era lo acertado? Yo parto persiguiendo los dictados de mi alma. Tú algún día también sentirás que entre todos los caminos hay uno que te llama a gritos. Ese es sin duda el correcto.
Sonia pensó que se trataba de mero y efímero idealismo adolescente.


Aquella noche el lienzo de Sonia fue pintado con los únicos colores de que disponía; blanco y negro. Mientras, un viento indeciso golpeaba las ventanas con una fuerza que dejaba paso a la calma. A las cinco de la mañana aquella adolescente sin rumbo pudo oír cómo el pájaro que había olvidado en el balcón huía en la tormenta.

viernes, 2 de julio de 2010

Cava.

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Las copas de cava chocaron con el flamante ruido del triunfo. Los flash de cientos de cámaras cegaron los ojos, y el ruido del tumulto anuló los sentidos.
 



La realidad había quedado reducida a una mano fría, húmeda y nerviosa, tan distante como la mirada ausente que ahí soñaba, lejana y entre nubes de polvo y rayos de Sol.
Se oyó el susurro de unos ojos frotados, llenos de arena, ocupados por el ser de la melancolía, del tiempo.

Rostros deformados, gestos conocidos, sonrisas olvidadas... desfilando entre sillas. Telas rojas ardiendo en un infierno que poco a poco va acabando con su oxígeno. Quedan demonios arrastrando a niños al centro de una hoguera debilitada.

Las luces iluminan una ropa minutos antes gris, y se aprecia la canción de un dieciocho cumpleaños. El gato negro recorre la escena, pero se pierde bajo humo, y el círculo amarillo saca de su escondite a las huidizas facciones tensas.

 
 

El ácido cava estropea el suelo de madera.

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