A TRAVÉS DE LAS PALABRAS.

Tengo 20 años, y soy estudiante de Publicidad y Relaciones Públicas en la UAB, Barcelona.

Actualmente, experimentadora nata sobre cómo conectar arte, creatividad, comunicación, publicidad y escritura.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Direcciones

Me mintieron. Me enseñaron que en la vida hay cosas que están bien y cosas que están mal, y que debemos aprender a unir el hecho con su valor. Correcto e incorrecto, correcto e incorrecto, bueno y malo.
No me hablaron de estas situaciones en las que estoy subida a un escenario ante un auditorio vacío; no hay más que un muro en el que voy a estamparme. Y lo peor de todo es que ni siquiera va a suceder rápido, que ni siquiera voy a poder disfrutar del riesgo que comporta la velocidad. He de ver cómo me acerco a él a paso lento, caminando por una recta en la que no entiendo porque no me dejan retroceder. Me cogen por los hombros, desde detrás, y me obligan a seguir andando hacia el muro. ¡Con la de millones de direcciones que existen!


(¡Cállate!)
(Eres ridícula, ¿no te das cuenta? Tan empeñada en rescatar algo que se encuentra ya tan manido. Deja de quejarte y de elaborar grandilocuentes sermones. Deja de hacerte la víctima: sé que te ríes a escondidas en el refugio de tu habitación. Así que cállate.)

sábado, 24 de diciembre de 2011

SOMOS INMORTALES

SOMOS INMORTALES.
Apenas hemos cumplido los veinte años de edad, y el tiempo todavía juega a nuestro favor. Un coche a ciento ochenta en una recta nocturna, un grito de locura en una discoteca, una carrera a ciegas sorteando peatones de cualquier ciudad, huyendo de la luz o persiguiendo a un amigo que, a las seis de la tarde de esta estúpida navidad, ya ha bebido media botella de vodka.

Despierto en mi cama a las cuatro y media de la tarde, con los labios cansados de tantos besos que ni recuerdo haber dado, pero que seguro que regalé en la puerta de cualquier retrete. El olor a humo aún persiste en mi pelo, y los mismos tejanos nuevos de anoche aparecen sucios y arrugados si levanto la única parte de sábana que no arrastra por el suelo. Apestamos, pero una ducha siempre limpia por fuera y por dentro.

Bajar una cuesta rodando por el suelo blando, arrancando pedazos de hierba corta y húmeda por el vaho que sueltan nuestros alientos. Manchar la ropa de frío, sudor y tierra. Besar hasta cansarnos, llegar incluso a algo más, saciar nuestros instintos y sentirnos en una vorágine de locura constante. Rodearse de gente, rodearse de carne, tirarse al suelo como si por un casual nos flaquearan las fuerzas, reír, empujar y abrazar. Pedir que suban el volumen de la música, huir de los miedos con nuestro mejor sprint, que así las lágrimas vuelen tras nosotros y perder la madrugada haciendo girar un botellín. Ver la vida pasar a través de la ventanilla de un viejo autobús ruidoso, llevando de compañía un par de bolsas del alcohol más barato. Y burlarnos de esa luna tan llena.
Que cada respiro sea un grito de éxtasis en un mundo al que no pertenecemos.

(A.M.)

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Parte I

Llevaba seis canicas en cada bolsillo. Eran amarillas y verdes, con rayas horizontales al estilo de las cebras, aunque él siempre defendió que, puestos a comparar con animales, esas canicas eran cocodrilos. Las llevó toda su infancia ahí, en el bolsillo de sus pantalones favoritos, unos de color caqui y de forro interior suave. Un jueves, en el parque, corría tras su mejor amigo con la sonrisa pintada en la cara. Fue en pleno salto alegre que la tela de los bolsillos cedió y las canicas se perdieron tras él, señalándole el camino de vuelta a casa.


Hacía al menos treinta años de eso.

Estaba recogiendo ropa sucia del suelo cuando, sin previo aviso, tal recuerdo impactó en su mente. A sus casi cuarenta años, podía decirse que se trataba de un soltero empedernido, de un amante ocasional, de un tío que había sabido montarse bien la vida o, simplemente, de un cara dura.
Vivía con escasas preocupaciones: sin familia que mantener, sin amigos a los que dar explicaciones y con una modesta jornada laboral de ocho horas. De esta forma, en su contrato figuraba que le pagaban por el esfuerzo y la implicación dedicados entre las 8:00am y las 16:00pm, de lunes a viernes. Un horario que, sin embargo, acortaba día sí y día también pidiéndole a algún compañero que fichara por él.
Ay, los compañeros… estaban ahí para eso, para entablar conversaciones que variaban ligeramente con las estaciones del año, para quejarse con ellos sobre el frío o sobre el calor, sobre cómo quema el café y sobre lo mal que está el país que ni azúcar pone la máquina; para pedir prestada una carpeta de esas verdes que Carlos guardaba en el primer cajón de su mesa de trabajo, o para lanzar cómodamente repantigado en la silla, de vez en cuando, algún clip de oficina de esos de metal gris.

Lo cierto es que, a diferencia de Carlos, él era un tío listo, y sabía prometer y convencer como es debido. Podría haberle hecho creer a un perro que en realidad debía comportarse como un gato sin que ello le hubiera supuesto ningún tipo de problema.

Tenía todo el tiempo del mundo para él (y, en un principio, también para su piso). Su casa estaba repleta de cosas por hacer y que, como mucho, llegaba a clasificar como “pendientes de terminar”. Aquella misma mañana, por ejemplo.

(A.M.)

martes, 20 de diciembre de 2011

Y si se rompe el silencio

Dio una patada a un pequeño grumo de tierra. Alex iba andando con las manos en los bolsillos por un camino olvidado, de esos en los que el Sol del atardecer acaricia las huellas de pisadas invisibles. Llevaba una chaqueta gruesa abrochada hasta el último botón, una bufanda enrollada cuatro veces alrededor de su largo cuello y unas botas altas que tapaban sus tejanos rotos; hasta la rodilla.
Andando a paso lento, con esas manos protegidas tras el forro del abrigo, empezaba a tararear canciones que se sabía de memoria. El sol del invierno hacia algunas horas que había decidido esconderse. En la oscuridad y en el silencio, podía oír todas las segundas y terceras melodías que arropaban a la voz principal en las canciones de la radio: esta vez, fluían de su garganta, y se preguntó si desde fuera de ella misma producirían igualmente esa sensación de escalofrío.



Alex bajó la barbilla para zambullirse de lleno en su bufanda. Empezó a expirar dentro de ella, comprobando con alivio cómo se creaba una atmosfera caliente que iba de boca a nariz. Sacó la cabeza, y reabrió los ojos. Miró al cielo, y esta vez expiró hacia él: el halo frío escapaba de su interior con la ligereza de una pluma. El tenue brillo de una primera estrella impactó en su ojo derecho, tal y como lo haría el reflejo atrapado entre una lupa y la luz diurna.
Pasó las yemas de los dedos por la corteza de un arce anciano. Llevaba allí desde la primera vez que había recorrido el sendero, y recordaba que eso había sido hacía ya miles de años. Es curioso, pensó, la manera en cómo los recuerdos de los humanos se retuercen en el tiempo hasta coincidir, exactamente, con las formas abstractas de unas ramas como aquellas. Estando sumida en esto, apenas apreció que había empezado a acariciar con la palma completa de la mano la coraza del árbol, y no se supo en qué momento una astilla afilada pinchaba en el centro el dedo corazón de Alex, hacía su acrobacia perfecta en el aire y caía, invisible, a sus pies.
Reaccionando con un par de segundos de retraso, ella giró con calma la mano, examinó su superficie y deslizó la mirada hasta el lugar exacto del pinchazo. Vio una pequeña mota de sangre marrón y sucia en el centro de su dedo corazón.


Se sentó a la sombra del árbol, para que la luna, que ya salía, no tuviera oportunidad de mirarla directamente a los ojos. Se quitó la bandolera de tela que llevaba cruzada sobre el hombro izquierdo y rebuscó en ella; estrecha primero, ensanchándose luego, de colores rojo oscuro y malva.
Dejó su teléfono móvil sobre la tierra. Su reproductor de música también: no quería escuchar nada; un paquete de pañuelos, un lápiz y una libreta, todo ello sobre aquella tierra árida. Al fin: la lata de cerveza. Alex abrió la lata con la habilidad de aquellos que utilizan vidas enteras para aprender un único gesto, y se la bebió en tres pausados tragos. Tenía la espalda apoyada en el tronco y, poco a poco, perdía la percepción del contacto con éste. El líquido entraba en su cuerpo como si se tratara de agua.
Un brillo malva cruzó sus ojos y, en un instante, su rostro calmado se torció en un gesto de maldad. Lanzó la lata lo más lejos que le fue posible y, escasos metros más allá, la lata rebotó en la tierra con un grito de dolor.

Alex recuperó la bandolera, que había apartado con los pies para acomodarse bajo el árbol. Sus cosas seguían tiradas alrededor. Buscó con furia en el interior del pedazo de tela vacía, y pronto su mano quedó enredada. Al luchar por sacarla acabó por descoser uno de los laterales; mierda, se había olvidado el cacao en casa. Y tenía los labios cortados por el frío.