A TRAVÉS DE LAS PALABRAS.

Tengo 20 años, y soy estudiante de Publicidad y Relaciones Públicas en la UAB, Barcelona.

Actualmente, experimentadora nata sobre cómo conectar arte, creatividad, comunicación, publicidad y escritura.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Pasión.

El amor eleva las alas
de todo ángel prisionero.


En su solitario paseo nocturno había alcanzado, con pasos vagos, lentos… la gran fuente del paseo que dividía, impecable, el pequeño pueblo en dos. No había sido consciente en todo aquel recorrido de cuánto se estaba alejando de casa. La robusta puerta de madera, que dejaba atrás aquel modesto hogar en la última planta de un bloque de cinco pisos, había sido cerrada inconscientemente por una mano lenta, ausente. Empujar el pomo hacia el marco, introducir la llave y darle dos vueltas. Lo había hecho cientos de veces en los últimos siete años, pero a menudo volvía preocupado al principio de la noche imaginando que la cerradura había sido asegurada con una única vuelta de llave. Entonces, dejando correr la melancolía por su joven alma, observaba las estrellas apoyado en la barandilla del balcón delantero, aquel que conectaba con el comedor. Amaba la noche, en compañía o, casi siempre, en soledad.

Era quince de Agosto. Bueno, no exactamente. A esas horas el sábado ya llevaba dos horas de vuelo. En esos momentos, no quería pensar en el peligro que corría su integridad física al haber de cruzar de nuevo dos kilómetros y medio de aceras, campos y callejones de camino a aquel bloque de pisos. No acostumbraba a salir tan tarde, pero aquella noche no se encontraba bien. El termómetro de la farmacia que hacía esquina en la plaza del ayuntamiento parecía haberse quedado a descansar en los treinta y dos grados de temperatura. Aún y así, estando aún al otro lado de su ventana, había sufrido un tremendo escalofrío. Había sido extrañamente breve. El vello de su cuerpo erizado, dolor de barriga. Después, frío intenso durante unos minutos. Y un último y escueto escalofrío de desesperante calor.

Frente a la fuente, abatido, metió las manos en los bolsillos de su pantalón tejano, largo. Sus ligeros dedos reconocieron en el interior el billete de autobús de aquella mañana, un paquete de pañuelos bastante destartalo, un móvil sin batería y algunas monedas de céntimo. En aquel pueblo pocos eran los que creían en algo más profundo que el puro vandalismo, y aquella fuente contenía todo tipo de desechos. Pero ni una sola moneda. Él, tal vez romántico y soñador, lanzó las tres primeras monedas a aquel agua turbia. Lentamente, una tras otra, elaborando en sus adentros un callado deseo, repitiéndolo una primera, segunda y tercera vez.


 Amaba las novelas italianas, los candados de amor sellando puentes, las fuentes repletas de diminutos destellos en su fondo, las caras motos trucadas llevando a apasionadas parejas de adolescentes de un lado a otro de la ciudad. Amaba la ropa ligeramente manchada de hierba y las manos entrelazadas, las vendas que cubrían los ojos para dar sorpresas y las miradas con propia voz. Todas esas imágenes iban dentro de cada moneda abandonada en aquella agua estancada.

Girando sobre sí mismo para volver, al fin, sobre sus pasos, lo último que vio fue la chispa de una estrella reflejada en aquella fuente dónde, en apenas un segundo, sus ojos creyeron ver miles monedas guardianas de los sueños más profundos de las vidas más intensas.

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