Esperaba a que cayeran ranas del cielo. Así era más fácil, ¿verdad? Así era jodidamente fácil. Echarle la culpa de su vejez a los demás, a ese estúpido mundo que la oprimía y que no se esforzaba por entenderla; permanecer sentada en ese sofá desvencijado esperando que el teléfono sonara o que llamaran a la puerta del viejo rellano. El calor se acumulaba dentro de su piso. Olía a calor, a carne reposada, a silencio y a pájaros que han muerto asfixiados. Claramente, apestaba. La consideraban una mindundi, una sin nombre, una mujer débil y recluida. Claro que lo era, el mundo la había apartado de las calles, de las carreteras y de todo lo que se movía. Se habían acabado los días y las noches, todo era uno bajo las luces amarillentas de su sala de estar.
El mundo, ¿verdad? Estúpida, más que estúpida, un día despertaste muerta y nadie aún se ha dado cuenta. Los periódicos se acumulan en la gris mesita del té, ni una esquela, ni una mención; nadie te ha echado en falta durante todos estos años. A veces lloras, en esas tardes enteras que pasas observando el ruido del mundo desde la ventana de tu ático, con los ojos apagados tras el cristal lleno de dedos y de mugre. Sigue así, muy bien, sigue esperando al príncipe azul, al vestido perfecto, a la cena de gala, a la noche en la playa, al grupo de amigos, a los viajes por mil países, a las sonrisas, a las verdades… No vas a tener nunca nada.
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