A TRAVÉS DE LAS PALABRAS.

Tengo 20 años, y soy estudiante de Publicidad y Relaciones Públicas en la UAB, Barcelona.

Actualmente, experimentadora nata sobre cómo conectar arte, creatividad, comunicación, publicidad y escritura.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Parte I

Llevaba seis canicas en cada bolsillo. Eran amarillas y verdes, con rayas horizontales al estilo de las cebras, aunque él siempre defendió que, puestos a comparar con animales, esas canicas eran cocodrilos. Las llevó toda su infancia ahí, en el bolsillo de sus pantalones favoritos, unos de color caqui y de forro interior suave. Un jueves, en el parque, corría tras su mejor amigo con la sonrisa pintada en la cara. Fue en pleno salto alegre que la tela de los bolsillos cedió y las canicas se perdieron tras él, señalándole el camino de vuelta a casa.


Hacía al menos treinta años de eso.

Estaba recogiendo ropa sucia del suelo cuando, sin previo aviso, tal recuerdo impactó en su mente. A sus casi cuarenta años, podía decirse que se trataba de un soltero empedernido, de un amante ocasional, de un tío que había sabido montarse bien la vida o, simplemente, de un cara dura.
Vivía con escasas preocupaciones: sin familia que mantener, sin amigos a los que dar explicaciones y con una modesta jornada laboral de ocho horas. De esta forma, en su contrato figuraba que le pagaban por el esfuerzo y la implicación dedicados entre las 8:00am y las 16:00pm, de lunes a viernes. Un horario que, sin embargo, acortaba día sí y día también pidiéndole a algún compañero que fichara por él.
Ay, los compañeros… estaban ahí para eso, para entablar conversaciones que variaban ligeramente con las estaciones del año, para quejarse con ellos sobre el frío o sobre el calor, sobre cómo quema el café y sobre lo mal que está el país que ni azúcar pone la máquina; para pedir prestada una carpeta de esas verdes que Carlos guardaba en el primer cajón de su mesa de trabajo, o para lanzar cómodamente repantigado en la silla, de vez en cuando, algún clip de oficina de esos de metal gris.

Lo cierto es que, a diferencia de Carlos, él era un tío listo, y sabía prometer y convencer como es debido. Podría haberle hecho creer a un perro que en realidad debía comportarse como un gato sin que ello le hubiera supuesto ningún tipo de problema.

Tenía todo el tiempo del mundo para él (y, en un principio, también para su piso). Su casa estaba repleta de cosas por hacer y que, como mucho, llegaba a clasificar como “pendientes de terminar”. Aquella misma mañana, por ejemplo.

(A.M.)

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