A TRAVÉS DE LAS PALABRAS.

Tengo 20 años, y soy estudiante de Publicidad y Relaciones Públicas en la UAB, Barcelona.

Actualmente, experimentadora nata sobre cómo conectar arte, creatividad, comunicación, publicidad y escritura.

martes, 20 de diciembre de 2011

Y si se rompe el silencio

Dio una patada a un pequeño grumo de tierra. Alex iba andando con las manos en los bolsillos por un camino olvidado, de esos en los que el Sol del atardecer acaricia las huellas de pisadas invisibles. Llevaba una chaqueta gruesa abrochada hasta el último botón, una bufanda enrollada cuatro veces alrededor de su largo cuello y unas botas altas que tapaban sus tejanos rotos; hasta la rodilla.
Andando a paso lento, con esas manos protegidas tras el forro del abrigo, empezaba a tararear canciones que se sabía de memoria. El sol del invierno hacia algunas horas que había decidido esconderse. En la oscuridad y en el silencio, podía oír todas las segundas y terceras melodías que arropaban a la voz principal en las canciones de la radio: esta vez, fluían de su garganta, y se preguntó si desde fuera de ella misma producirían igualmente esa sensación de escalofrío.



Alex bajó la barbilla para zambullirse de lleno en su bufanda. Empezó a expirar dentro de ella, comprobando con alivio cómo se creaba una atmosfera caliente que iba de boca a nariz. Sacó la cabeza, y reabrió los ojos. Miró al cielo, y esta vez expiró hacia él: el halo frío escapaba de su interior con la ligereza de una pluma. El tenue brillo de una primera estrella impactó en su ojo derecho, tal y como lo haría el reflejo atrapado entre una lupa y la luz diurna.
Pasó las yemas de los dedos por la corteza de un arce anciano. Llevaba allí desde la primera vez que había recorrido el sendero, y recordaba que eso había sido hacía ya miles de años. Es curioso, pensó, la manera en cómo los recuerdos de los humanos se retuercen en el tiempo hasta coincidir, exactamente, con las formas abstractas de unas ramas como aquellas. Estando sumida en esto, apenas apreció que había empezado a acariciar con la palma completa de la mano la coraza del árbol, y no se supo en qué momento una astilla afilada pinchaba en el centro el dedo corazón de Alex, hacía su acrobacia perfecta en el aire y caía, invisible, a sus pies.
Reaccionando con un par de segundos de retraso, ella giró con calma la mano, examinó su superficie y deslizó la mirada hasta el lugar exacto del pinchazo. Vio una pequeña mota de sangre marrón y sucia en el centro de su dedo corazón.


Se sentó a la sombra del árbol, para que la luna, que ya salía, no tuviera oportunidad de mirarla directamente a los ojos. Se quitó la bandolera de tela que llevaba cruzada sobre el hombro izquierdo y rebuscó en ella; estrecha primero, ensanchándose luego, de colores rojo oscuro y malva.
Dejó su teléfono móvil sobre la tierra. Su reproductor de música también: no quería escuchar nada; un paquete de pañuelos, un lápiz y una libreta, todo ello sobre aquella tierra árida. Al fin: la lata de cerveza. Alex abrió la lata con la habilidad de aquellos que utilizan vidas enteras para aprender un único gesto, y se la bebió en tres pausados tragos. Tenía la espalda apoyada en el tronco y, poco a poco, perdía la percepción del contacto con éste. El líquido entraba en su cuerpo como si se tratara de agua.
Un brillo malva cruzó sus ojos y, en un instante, su rostro calmado se torció en un gesto de maldad. Lanzó la lata lo más lejos que le fue posible y, escasos metros más allá, la lata rebotó en la tierra con un grito de dolor.

Alex recuperó la bandolera, que había apartado con los pies para acomodarse bajo el árbol. Sus cosas seguían tiradas alrededor. Buscó con furia en el interior del pedazo de tela vacía, y pronto su mano quedó enredada. Al luchar por sacarla acabó por descoser uno de los laterales; mierda, se había olvidado el cacao en casa. Y tenía los labios cortados por el frío.

1 comentario:

  1. Me agrada como escribes! Te gustan los detalles al igual que a mí. Gracias por tu comentario!
    Seguiré leyéndote.


    Saludos!

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