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A TRAVÉS DE LAS PALABRAS.

Tengo 20 años, y soy estudiante de Publicidad y Relaciones Públicas en la UAB, Barcelona.

Actualmente, experimentadora nata sobre cómo conectar arte, creatividad, comunicación, publicidad y escritura.

miércoles, 10 de agosto de 2011

La coraza.

¡Como los putos conejos! Un par de hormonas segregadas a modo de reconocimiento y listo. Somos de la misma especie, sexo opuesto, vamos a satisfacer nuestros impulsos más básicos, ¿por qué no? Así yo también sé jugar, ¡por supuesto! ¿Para qué queremos tanta parte racional, tantas películas románticas y tanta charla?
Sólo para lanzarnos como caballos desbocados ante la perspectiva de una noche entretenida.

(...)

- ¡Entrégame tu cuerpo, estúpida mortal!
- ¿Por qué debería hacerlo?
La guadaña se balanceaba peligrosamente en su mano izquierda, sujeta apenas por unos delgados huesos que crujían con cada leve movimiento.
Entonces dio un par de pasos hacia mí, y yo, clavada al suelo por unas fuerzas invisibles, dirigí mi mirada a sus pies. Unos relucientes mocasines negros destacaban en aquella figura que, al darse cuenta de mi escrutinio, volvió a guardar un número cuarenta y dos bajo su densa túnica. Habría jurado que, en cada paso, ese imponente ser estaba al borde de un cómico tropiezo.
- ¿No dices que no lo quieres, que sólo es un engorro? No paras de quejarte de que ya no sabes donde sentar toda esa carne. – Con un brusco movimiento del brazo derecho me mostró su dedo índice, apuntándome amenazadoramente. Ello provocó todo una serie de ruidos de tela pesada removiéndose, acompañados con lo que podría haber sido el gruñido de un animal salvaje.
Estábamos tan cerca uno del otro que el borde de su manga rozó mi tórax. La túnica, al contacto, era áspera, negra como la noche cerrada.

Miré de reojo el fino amasijo de huesos de color cenizo con el que estaba siendo amenazada. Aún y la evidente situación de peligro en la que me encontraba, mi mente evocó un recuerdo de la infancia en el que había visto unos dedos que se le parecían. Por aquel entonces yo me encontraba con mi padre en el gran pabellón de la ciudad, donde esa noche cientos de personas disfrutaban de los acordes de una pianista australiana. Era increíble la manera como conseguía elaborar melodías a partir de aquel instrumento de madera y cuerdas situado, solitario, en el centro de todo y de todos. Recuerdo cómo muchos de los asistentes cerraron los ojos a los pocos minutos de comenzar y no volvieron a abrirlos hasta que los altavoces anunciaron la media parte. En mi caso, recuerdo que fui incapaz de desviar la mirada. Los dedos largos y delgados de la pianista se movían con increíble agilidad sobre las teclas bicolor, y daba la sensación de que pudieran fracturarse en cualquier momento con un leve “crac”.
- Es cierto pero, si te lo doy, ¿yo muero?
- Morir, morir… ¡todos preguntáis lo mismo! ¿Más moribunda que ahora? Venga ya, no me hagas reír. – dijo, mientras mostraba sus mandíbulas sin dientes. En una fracción de segundo, me pareció ver un destello rojo cruzando sus… ¿ojos? – Qué tienes, 18 años, ¿verdad? ¿Podrías decirme para qué lo has utilizado en todo este tiempo?
- Eso no es cierto…

- ¿Que no es cierto? A ti misma puedes engañarte, pero a los demás no. ¿Cuándo le has permitido rozar los placeres físicos? ¿Has saltado en un concierto, has utilizado la velocidad de tus todavía jóvenes piernas para viajar bien lejos? ¿No es acaso cierto que es él quién le pone obstáculos a tus sueños?
- Tal vez sí…
- Exacto.
- Ya… Por otra parte, estoy harta de tener que darle de comer, asearlo y dejarle sus horas de descanso de manera regular. No hace más que lamentarse del frío o del calor, que reclamar sus necesidades fisiológicas, que moverse destartalado y con movimientos cansados... No se trata en absoluto de un cuerpo joven. – dije, pensativa. - Además, es la imagen que irremediablemente ligan a mi nombre, con lo que hay que mantenerlo presentable. Eso supone toda una pérdida de tiempo en aderezarlo y otorgarle un aspecto que pueda identificarse mínimamente conmigo Es como una estúpida coraza que no deseo llevar.
- Y yo, ahora, te ofrezco la posibilidad de librarte de ella – dijo, transformando el dedo amenazador en un ademán de toda la mano derecha que denotaba aburrimiento.
- Suponiendo que acepto; sin ella, ¿en qué me convierto?
- Desgraciadamente, los humanos sólo recuerdan aquello que se cruza ante sus ojos de manera repetitiva. Por contrapartida, abandonar la carne (y los huesos) te permite llegar tan lejos como quieras. Libre de necesidades tribales como son el oxígeno o el alimento, y de factores como el envejecimiento de todo el aparato, puedes trasladarte al fondo del océano, subir a lo alto de montañas impensables o presenciar la vida animal, vegetal y humana en los cinco continentes. – tales aspectos fascinantes que comportaba el cambio radical de la existencia parecían superfluos en boca de ese ser. – Puedes pasar meses, incluso años, deleitándote y disfrutando con todo lo que puedes llegar a ver. Has de saber, eso sí, que sentimientos como la soledad o la tristeza acaban apareciendo. Y que has de abandonar completamente el concepto de “sentir” tal y como lo contemplan los humanos.
- Todo esto último no me importa.
- ¿Empezamos, pues?

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jueves, 21 de julio de 2011

Cero.

Y lloré lágrimas de hielo. El corazón abierto, vacío. La barriga devorándose ella misma de tanta hambre. Ni un solo copo de ilusión en el aire.

La mente en blanco, conjeturando quizá un sinfín de palabras hirientes. El puñal en el pecho, donde no duele. La nada; un precipicio. El llanto del bebé ensordeciendo a lo lejos.

El silencio dentro de mí. El no decir, el no sentir en absoluto. El haberse muerto la raíz del diente.

domingo, 3 de julio de 2011

Su ataque de ira

Esperaba a que cayeran ranas del cielo. Así era más fácil, ¿verdad? Así era jodidamente fácil. Echarle la culpa de su vejez a los demás, a ese estúpido mundo que la oprimía y que no se esforzaba por entenderla; permanecer sentada en ese sofá desvencijado esperando que el teléfono sonara o que llamaran a la puerta del viejo rellano. El calor se acumulaba dentro de su piso. Olía a calor, a carne reposada, a silencio y a pájaros que han muerto asfixiados. Claramente, apestaba. La consideraban una mindundi, una sin nombre, una mujer débil y recluida. Claro que lo era, el mundo la había apartado de las calles, de las carreteras y de todo lo que se movía. Se habían acabado los días y las noches, todo era uno bajo las luces amarillentas de su sala de estar.

El mundo, ¿verdad? Estúpida, más que estúpida, un día despertaste muerta y nadie aún se ha dado cuenta. Los periódicos se acumulan en la gris mesita del té, ni una esquela, ni una mención; nadie te ha echado en falta durante todos estos años. A veces lloras, en esas tardes enteras que pasas observando el ruido del mundo desde la ventana de tu ático, con los ojos apagados tras el cristal lleno de dedos y de mugre. Sigue así, muy bien, sigue esperando al príncipe azul, al vestido perfecto, a la cena de gala, a la noche en la playa, al grupo de amigos, a los viajes por mil países, a las sonrisas, a las verdades… No vas a tener nunca nada.

martes, 28 de junio de 2011

Notas mentales:

He llegado a la conclusión de que todos los sentimientos no son más que diferentes formas de pedir compañía. A los productores de cine y televisión les ha salido verdaderamente bien el invento: naces predestinado a reunirte, a lo largo de una vida más o menos desdichada, con tu media naranja, tu alma gemela, tu otro yo o, en definitiva, con ese otro cuerpo que te completa y te lleva hasta la felicidad. 

Si esto fuera cierto, tenemos prácticamente 7 mil millones de personas entre las que buscar ese ideal que, supuestamente, ha de estar esperándonos. ¿Por qué entonces las relaciones de amor y de amistad se trazan siempre entre compañeros de trabajo o estudios y con los que, en todos los casos, se comparten muchas horas al día? El amor, pues, no es más que una mutación del cariño; la transformación del hábito y la costumbre de tener cerca a una determinada persona.



Todos buscamos lo mismo, un grupo, un individuo, una sombra, cualquier forma de vida que nos acompañe en el camino, que quiera escuchar nuestras penas y que nos haga reír de vez en cuando. Queremos, también, un roce físico, algo que nos recuerde que estamos vivos, que no somos tan viejos como amenaza con hacernos creer nuestro interior.
Pero todo el mundo que montamos alrededor de una relación es ficticio, falso y artificial. Cuando estamos tristes buscamos el abrazo; cuando estamos alegres, la persona hacia la que correr a contárselo. Pero los besos, las noches bajo las sábanas, las peleas de harina en la cocina… no son más que ilusiones que hemos adoptado como necesidades verdaderas.

sábado, 28 de mayo de 2011

El fin de la velada.

Al acabar la noche, el intocable vestido fue hecho jirones; y lanzado al suelo. Ella, desnuda, lloraba sobre la cama, tumbada boca abajo sobre sus brazos cruzados.
Huyendo en sueños a un mundo de árboles y luces.

lunes, 23 de mayo de 2011

Como en los viejos tiempos.

Querer ser una pequeña princesa conlleva creer por necesidad en los cuentos de hadas. Imaginar los enormes castillos rosados alzarse hasta las nubes, y deleitarse con esos torreones que casi parecen hacerle cosquillas al cielo. Conlleva, también, ver senderos de tierra atravesando un bosque, y tener unos ojos grandes y capaces de brillar al observar el mundo. Querer ser una princesa con un vestido bonito y ligero obliga a creer en el príncipe que coge tu mano para salir a bailar; y a dibujar en tu mente el concepto del amor y de lo bello.
Es una lástima, pues, que aquella frágil dama de fuego deba ser dama de soledad, debatiéndose entre el recuerdo y el olvido desde los primeros días de su eterna vida. La suya es una pelea imposible.

(…)



No sé quién quiero ser. Vengo de demasiadas cosas que han estado mal, y me lamento de mi estado de latente silencio. Cuando hablo, sin embargo, mi voz suena estúpida y quebradiza, quizá impertinente, incorrecta y no acertada. A veces reacciono a mi habitual indiferencia, le planto cara e incito, casi provoco, mi indignación ante los hechos rutinarios. En esos casos me enfado conmigo misma, me lleno el alma de aire negro y arranco a llorar pensando en cosas que, cualquier otro día, acepto sin sobresalto alguno.

Quiero vivir rápido, lo quiero ya. Se me escapan las horas, vacías, y la única respuesta que obtengo es la de que todavía es pronto. No sé andar. Veo como el mundo ríe mientras estoy tumbada en mi cama, tratando de imaginar qué colores habrá en la calle; tratando de concebir que existen trenes que llevan a la gente de un sitio a otro, que existen grandes grupos de personas que se abrazan en algún bar, que hay música sonando, tiendas de campaña montadas y playas ruidosas bajo la mirada de la luna. Pero es que no sé andar. Deseo vivir, correr, darle fuerza a cada movimiento y sentir que ahora, justo ahora, el tiempo tiene valor.
Hoy, también, quiero poder presumir de mi fuerza de voluntad, de la capacidad de resistencia ante lo que “hace todo el mundo”. Y así, llegar tarde a los sitios para diferenciarme de la gran masa que ya está allí; sólo por el placer de saber que aún estoy por empezar esa experiencia.

Por un momento, aparto los sueños de futuro, las fotografías que una imagina cuando le cuentan algo o cuando va sola por la calle; las fantasías prohibidas, las cosas que he aprendido y que me obligo a olvidar, y el ayer. Acabo con el futuro y con el pasado para poder preguntarme: ¿Qué soy? ¿Qué tengo? Tengo cosas, por supuesto, tengo por primera vez el extremo de una cuerda que me llena de una manera increíble. Tengo un par de formas de sonreír de verdad. Y también tengo una sonrisa para alguien más pequeña y para aquellos que la rodean. Tengo la posibilidad de decir, a veces, lo que pienso.
Y ya está.
Todo lo que me rodea pasa demasiado deprisa como para que pueda asimilarlo, y me arroya en su triste velocidad. Soy una especie de adolescentes en pañales, o quizá una niña con coche propio. A veces soy demasiado joven para entender la realidad; a veces, soy demasiado antigua para aceptar lo que es normal. Todavía no estoy preparada y, sin embargo, ya llego inmensamente tarde.
Sí, claro, yo misma me doy cuenta de lo que avanzo. Pero es insuficiente, excesivo, modesto o inabarcable. Un día mis cambios van demasiado poco a poco y, al siguiente, creo estar en la cúspide de mi yo.

Apátheia.
Mi mundo forma parte de un libro antiguo.

martes, 19 de abril de 2011

Ya soy mayor de edad. Crezco y crezco, igual que tú, que ella, que aquel. Paso mis horas dentro de la jaula de cristal, o corriendo por la calle. Cada día sin llaves es una tortura, son horas en que me hago vieja demasiado rápido. Mis piernas dejan de ser fuertes, mis ojos dejan de tener ese algo, mi cuerpo deja de ser flexible y rápido. No. Quemé demasiadas vidas tiempo atrás, y lo último que quiero es estar sola.



Creo que llega un momento en que puedes entretenerte en desmenuzar las diferentes partes de tu recorrido; algo realmente sencillo a estas edades, con cambios en los estudios y cambios de colegio. De esta forma, mi última etapa se consideraría de dos años, un tiempo en el que me he vuelto del revés tres, cuatro, cinco veces. Me atrevería a decir que se ha creado el 75% de mi personalidad definitiva, y es que cuando llegué estaba encallada, dormida; parada. Poco a poco empiezo a andar.
Son el bendito Sol y el tiempo libre el preludio que suena al levantar el pie del penúltimo escalón del edificio. Al fin y al cabo, creo que aquí ya no puedo conseguir nada nuevo, toca cambiar. No espero echar demasiado de menos la gran cantidad de voces y sonidos, no son más que una parte de lo que serán mis recuerdos. Y me encargo de llevarme, de entre todo, lo que más me interesa. Como ya hice una vez.

Además, ahora tengo algo nuevo; unas bambas desgastadas. He aprendido a sonreír mucho cuando las llevo puestas, y he logrado sentirme parte de algo. ¿No es este uno de mis objetivos? Por supuesto que lo es, poco a poco se van revelando las cosas que persigo. Y así los miedos se apartan para quedarse observando cómo aprendo a ser feliz; cuando bailo acompañada frente a unos niños sorprendidos, bajo el Sol y el viento. Va a darme un ataque de risa y nadie va a poder conseguir que deje de saltar como una niña que está aprendiendo a caminar.

Inocente, pequeña; como me gusta ser, con un estado de ánimo verdaderamente frágil y mil pájaros en la cabeza. Me haré más fuerte mientras juego a las princesas. Sigo despertando con ganas de querer, con ganas de que me quieran, de que me lleguen besos, de que me lleguen abrazos. Quiero seguir hablando de lo de siempre pero con palabras diferentes, aunque a veces hablo demasiado y empiezo a ser una copia horrorosa, sí, horrorosa, por fea que sea esa palabra.


Que se abra el telón mientras me colocan la corona.

(A.M.)