Las figuras de cristal observan en la estantería. Tan frágiles y tan quietas, los movimientos del hogar su rostro no alteran. Pero sus piernas, inmóviles, se desplazan con cada imperceptible movimiento de la repisa donde descansan.
Son leves sacudidas de la vida cotidiana, hipidos de crecimiento, estornudos de enfermedad, corrientes provocadas por la velocidad a la que, incorrectamente, el niño corre por el pasillo. Y las figuras avanzan y retroceden milimétricamente en su estrecho suelo, acercándose y alejándose del borde con una variabilidad atormentadora.
Frente a la pared están seguras, pero si hoy su vidrio transparente las lanza a la alfombra de la estancia, quedarán hechas añicos.
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