A TRAVÉS DE LAS PALABRAS.

Tengo 20 años, y soy estudiante de Publicidad y Relaciones Públicas en la UAB, Barcelona.

Actualmente, experimentadora nata sobre cómo conectar arte, creatividad, comunicación, publicidad y escritura.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Feria de verano.

Irene sabía que debía hablar, pero no pudo más que esconder el sufrimiento entre palabras que no conseguía ni tan siquiera elaborar en su mente. A menudo imaginaba la vida como una feria de verano o un parque de atracciones, en que durante unas horas los gritos y sonrisas de niños y adolescentes acallaban el sufrimiento de esa parcela del mundo, de sus familias y de sus propios corazones. Le dolía tener tan clara confesión de que todo era una farsa perfectamente montada, donde las piezas de los puzzles encajaban mientras no hacía aire. Pero tarde o temprano se levantaba un temporal. Las piezas de los puzzles hechos bajo el Sol en mesas de jardines y terrazas se perdían para siempre, los feriantes debían cubrir con telas las atracciones. El frío llenaba esa parcela del mundo. Las puertas y ventanas golpeaban, la gente gritaba para hacerse oír.

A algunos kilómetros de la mente de Irene, un niño de escasos seis años se había perdido en un centro comercial. Se trataba de un niño delgado y reservado, de piel medianamente blanca y un bonito pelo moreno. Los ojos grandes, despiertos; la boca, nariz y manos, pequeñas.
Su rostro había quedado entristecido, pero se negó a dejar caer una sola lágrima. Hizo el camino contrario al que sabía que debía hacer, y se dirigió con pasos lentos hacia la puerta de salida del centro comercial. Una vez en la calle, se sentó en el suelo a esperar.

Cuando con la caída de la noche y las tiendas a punto de cerrar, sus padres lograron encontrarlo, en sus rostros no hubo sonrisas de alivio ni alegría, ni abrazos ni palabras. Sólo un “venga, volvemos a casa” por parte de ambos adultos. De la misma manera, el niño de seis años no pronunció palabra alguna ni mostró experimentar ninguna emoción hasta prácticamente tres horas después del suceso. Entonces, lo único que dijo antes de dirigirse hacia su cama fue un “¿Estáis enfadados conmigo?”
 
Ni caricias, ni abrazos...
Quiero estar contigo...

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